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Sevilla duerme…. por @altocapirote

Andan el calendario y el termómetro avanzando a trompicones por los días, y Sevilla sestea de sí misma. Alcanzada la cúspide Guiness de cincuenta procesiones en un fin de semana, el frenazo se antoja excesivo, y, como todo en la Ciudad, parece que hace un siglo del último cirial. Vuelven las custodias a los almacenes, y los carráncanos agotan exámenes y tiran de bañador. Y del fervorín mariano no hay más recuerdo que unas ovejas que pastan en un descampado cercano. El pastor habla por el móvil. Malos tiempos para la lírica.

En Ocnos no menciona Cernuda el ladrillo visto. Viviendo en un bloque de pisos es difícil rememorar el olor a jazmín y la dama de noche, las tardes a la puerta de casa, anticipando madrugadas de abanico, con la ciudad cansada y el pelo pegado de sudor. Los niños ya no se bañan en una alberca cercana, ni traen las manos manchadas de coger higos. Una piscina con su certificación ISO, algo de césped pegado en unas chanclas Crocs que ni siquiera lo son y no te queda nada que evocar que no sea el ronroneo del aire acondicionado.

Se va desmontando el decorado y nos quedaría la memoria. Pero el olor a cloro bloquea recuerdos no vividos de una ciudad que ahora sería cal y sol. Imposible pensar en mantos ni en túnicas ni en faldones de terciopelo sin sufrir una lipotimia. La Ciudad de las procesiones cierra, y nos queda Sevilla. Ella misma, descarnada, bostezando desnuda y somnolienta por sus calles en una atardecida que emboca el verano.

Sevilla, y el que la ha vivido a distancia lo sabe, es mejor soñada que vivida. Es una idea que cada uno pintamos en nuestra mente tras mirarla a través un caleidoscopio tallado en el tiempo y con tantas facetas como recuerdos. Es apenas algo a medio camino entre nuestra memoria de la infancia y lo que soñamos de adultos que sigue siendo. Y por eso esa Sevilla es mentira. Pero en verano la Ciudad duerme y podemos contemplar su verdadera cara echada en el sofá.

Atardece. El sol no busca las tapias de Santa Paula, ni se esconde por los plátanos de San Lorenzo. Tengo a la vista árboles de la misma especie, pero es un polígono industrial el que refleja las últimas luces de una tarde, que se ha ataviado con las voces del socorrista. Podría haberme sugestionado y acabar oyendo el suave gorgoteo de la fuente de un patio refrescado por aspidistras y potos. Pero nada de eso existe. Cierro los ojos. Pasan los coches. Las tiendas cierran, hasta los bares cierran. Apenas nadie pasea. Y solo sale a la calle el chorro de aire ardiente de las máquinas que como colmenas se pegan a los bloques de pisos.

Acaso sea esta Sevilla veraniega la única con algún rastro de verdad. Tan dormida que entrega el único evento reseñable a Triana. Ahí te quedas. Falta una novela policíaca en la Sevilla de los cuarenta grados a la sombra. Un asesinato de la rebeldía, del orgullo, sin testigos, bajo una luz lacerante, una llama blanca que quema recuerdos, abrasa noches de primavera de esquinas y tintineos y carboniza nuestra memoria. Sevilla duerme. Cansada de ser nada. Quién sabe si para olvidarlo todo.

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