La Jerusalén de la ciudad

Por Juan José Caravaca Silva

El periodo estival suele ser un periodo particularmente tranquilo en lo que a noticias del mundo cofrade se refiere. Normalmente no suele ir más allá de algún que otro proceso electoral, que se suelen hacer coincidir en este tiempo precisamente por la amplitud de las agendas, y también es el momento del examen de conciencia de lo realizado el curso anterior y de una programación tranquila y pausada de lo que va a ser el próximo curso que iniciamos en septiembre.

Este pasado verano sin embargo lo hemos tenido entretenido con las noticias del plan propuesto por los hermanos mayores de las Hermandades del Martes Santo, cómo arreglo a las dificultades de dicho día, así como algún avance sobre posibles actuaciones que se pueden proponer en el tema “madrugada”, que nos están haciendo del inicio de curso un auténtico culebrón, pero sí me gustaría incidir en una pequeña reflexión sobre la “desmemoria” que parece que padecemos, pues existe una generación que no ha conocido otra Semana Santa que la actual que, evidentemente, ha sufrido muchos cambios a lo largo de los años.

Porque la semana santa no siempre ha sido como la conocemos y quizás su pervivencia a lo largo de los siglos se deba precisamente a esa capacidad de adaptarse a los cambios de la sociedad en cada uno de los momentos de la historia.

Sabemos que existía una semana santa anterior a la carrera oficial, incluso una semana santa en la que no se visitaba la Catedral; sabemos cómo esa carrera oficial se ha ido transformando en el transcurso de los años (últimamente nos lo están repitiendo hasta la saciedad); que, “aunque le pese a Molina…” y Sevilla lo tuviese muy claro, hubo una semana santa anterior al dogma Inmaculista, la gran devoción de la ciudad era el Santo Cristo de San Agustín hoy salvaguardada su advocación gracias a la hermandad de San Roque, y esto haciendo un ligero repaso a vuelapluma.

Pero no hace falta irse muy lejos, pues los de mi generación en los últimos 50 años hemos sido testigos de multitud de cambios que desde la “perspectiva” actual seguramente harían temblar la tierra: hemos conocido la semana santa sin hermandades que hoy consideramos fundamentales en ella Los Servitas, Jesús Despojado, La Sed, El Cerro, El Carmen, San Pablo, El Sol…

Hemos conocido a Jesús Despojado igualmente el Sábado Santo, ahora en el Domingo de Ramos. Hemos conocido el Viernes de Dolores (cuando no era llamado Víspera) con la hermandad de la Sed y después con el Carmen.

Hemos conocido hermandades que han cambiado sus imágenes titulares, como San Gonzalo, Las Cigarreras o la Trinidad, por no hablar de la evolución de algunos misterios con sus imágenes secundarias. Hemos conocido hermandades que han cambiado su sede canónica en estos años, así el Dulce Nombre en San Antonio de Padua, Los Estudiantes fue de la Anunciación a la capilla universitaria en el nuevo Rectorado en la Fábrica de Tabacos, el Valle fue del Santo Ángel a la Anunciación, Jesús Despojado y Las Aguas marcharon desde San Bartolomé a sus respectivas capillas. Y podríamos enumerar algunos más…

Lo verdaderamente importante es que, independientemente del “sentido” en que se recorra la carrera oficial, la estación de penitencia como procesión manifestación de piedad popular que es, constituye una peregrinación simbólica signo de la condición de la iglesia pueblo de Dios en camino con Cristo por la ciudad terrena hacia a una vida mejor en la Jerusalén celestial, que se simboliza en el discurrir de la procesión de las distintas hermandades desde las propias capillas de las hermandades hasta la Jerusalén de la ciudad que es nuestra Santa Iglesia Catedral. Esta peregrinación no comienza en la campana, sino con los actos previos en las capillas con el recibimiento y acogida de los hermanos que participen en dicha estación penitencial. Que el “camino organizado” de todas las corporaciones a través de la ciudad sea a la ida o a la vuelta de nuestra Jerusalén particular creo que es algo que no tiene más importancia que la que se le quiera dar, pues repito lo importante es la llegada a la Catedral. Que las tradicionales y simbólicas “venias” se pidan en un determinado momento y orden, o en otro, tampoco debe tener mayor importancia, pues son solo eso: símbolos; la auténtica venia esta previamente concedida bien en el cabildo de toma de horas por la parte eclesiástica, bien con las reuniones previas con el CECOP por la parte civil.

Abramos las miras y la mente, que aunque lo ideal sería encontrar una solución global que dé respuesta a la Semana Santa en su integridad, no desechemos, al menos como prueba, alternativas parciales estudiadas, consensuadas y muy seguramente posibles de realizar, pues en el fondo lo que queremos es celebrar una Fiesta plena tanto en su componente religioso y devocional como en su dimensión popular, que Todos podamos disfrutar.

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