El Sanedrín

Un noviembre extraño… por @altocapirote

Son días raros. Andamos encarando un noviembre donde Bécquer no encontraría neblinas ni penumbras en las que dibujar leyendas pobladas de ánimas. Caen las hojas en un otoño a treinta grados y las vidas van buscando el curso de los días que, incrédulos, vemos colgando del calendario. Ya llegará el frío, pero, mientras tanto, el brasero seguirá en el altillo, y nos entra el sofoco de imaginar un noviembre así a don Juan trepando embozado en una capa en busca de doña Inés.

Esta calor no deja a los odiadores de Halloween atiborrarse de huesos de santo, y el tío de las castañas planea un ERE de la cacerola. Mientras, en el Corte Inglés comienza el montaje navideño, y las tiendas del centro, que llevan dos meses con la colección de invierno expuesta, claman contra el calentamiento global, solidarizadas con El Patriarca y La Estepeña. Apenas hemos probado unos días el olor a humedad del invierno sevillano, que aquí no hace frío, que hace humedad. Unos le dicen tierra mojada, y otros olor a moho, que debe ser el de la sociedad civil, preocupada en la capital del paro por la ensaladilla y los veladores. Todos de pie a la barra. Y la ensaladilla sin bolas.

Siempre me han gustado los dos primeros días de noviembre. Todos los Santos, para honrar a aquellos que ya viven en la Gracia de Dios. El día de los muertos, para orar por los que aún habitan en el Purgatorio. Volver a leer El Monte de las Ánimas, o Maese Pérez el Organista, y dejarse acunar por ese temor tan tierno de fantasmas y cementerios olvidados. Es el mes de la Sevilla más romántica.

Pero es un noviembre que arrancará muy extraño. Aún estarán frescas las flores dejadas esa mañana del día primero en recuerdo de los que aún amamos, que ya tienen la inmensa suerte de mirar a los ojos sin lágrimas de la Macarena. Esa noche comenzará el runrún.

No se hablará de otra cosa bajo las lápidas, y en algún panteón ilustre formarán filas completas de hermanos con sus cirios. Algunos vivos jurarán haber visto hileras de luces color tiniebla. Y otros se acurrucarán ante el crujir de huesos.

Los gorriones buscarán desde ese día uno la mejor vista desde los plátanos de Indias de la plaza. Se notará el temblor en la Ciudad: un repeluco correrá desde el Polígono Sur a Pino Montano, desde Sevilla Este a Chapina. La luz de la tarde quedará congelada, y el viento aguardará suspendido en las calles. Las dos caras de la luna han acordado verlo juntas tres días después. Los vivos no los notaremos, pero las calles se poblarán de esas ánimas del Purgatorio, de cráneos pelados y cuencas vacías que esperan. Y soñarán, por una vez, que están en el Paraíso, porque al tercer día hasta los muertos verán al Gran Poder.

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