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Sea por siempre La Esperanza

Foto. Costalero de Pellizco

13:00 horas, Madrid. Acabado de llegar de Sevilla y maleta en mano me disponía rumbo al hotel donde me quedaría alojado durante la noche de ese caluroso sábado de Junio. Poca cuenta iba echando yo de camino por ese paseo del Prado a todos esos edificios tan altos y corpulentos que no estamos acostumbrados a ver en la capital hispalense; mi inquietud era otra, tenía la necesidad de saber como sería un palio de una advocación sevillana paseándose por las calles de la capital de España, ese fue el motivo de mi viaje y en ello iba pensado todo el camino.

La cofradía tenía prevista su salida en torno a las 19:00 horas por lo que yo a ese momento tendría que estar en la misma puerta de La colegiata de San Isidro, sede desde donde sale esta hermandad madrileña. Llegó el momento de la salida, yo me dirigía a pasos agigantados esquivando a la gente como si por calle sierpes una tarde de Navidad se tratase para poder llegar hacia la calle Toledo, pues ya eran las siete y yo aún no había llegado.

Una vez crucé Plaza Mayor ya se empezaba divisar a lo lejos una gran masa de público expectante al rededor de la colegiata de San Isidro, por lo que me di cuenta que todavía no había salido la virgen, entonces cogí aire y reducí considerablemente el paso. Como si de una cofradía sevillana se tratase, comencé a meterme entre la muchedumbre que allí se concentraba hasta que encontré un hueco cerca de la puerta y allí mismo me quedé impaciente hacia la inminente salida. Mientras, me puse a observar a la gente que allí estaban presente, madrileños ansiosos a la salida del 75 aniversario, muchos de ellos devotos que están en ese mismo lugar cada año el Jueves Santo.

De repente se escuchó el sonido del llamador que venía desde dentro de la colegiata seguidos de aplausos, la virgen ya se había levantado y su salida era inmediata. Los nervios eran mayores cuando la primera pareja de ciriales se encaminaban a bajar la rampa desde el dintel de la puerta, ¡esto ya estaba aquí!, estaba a puntito de observar el motivo por el cual yo me encontraba ese fin de semana en Madrid. Llegó el momento, el palio ya está en el dintel de la puerta parado, todavía no había salido y la gente ya estaba gritándole guapa, mis ojos como platos al ver la fe y devoción que Madrid también profesa a la Esperanza. El capataz toca el llamador, el palio se levanta al cielo y muy poquito a poco comienza a salir de su sede mientras la gente le grita aquello que tan bien los macarenos saben hacer en Sevilla: “Macareeeeeena, ¡guapaaaa!”.

El palio de la Esperanza Macarena está fuera, suena la Marcha Real mientras caen pétalos de rosas desde lo alto de la colegiata y la gente comienza a aplaudir. En ese momento la calle Toledo es toda una fiesta, yo no doy crédito de lo que estoy viendo y donde lo estoy viendo. Yo estaba de piedra, no paraba de observar a la gente que allí se postraban, en ese momento el palio se paró, de pronto observe que muchos eran los que se empezaban a poner delante de la virgen para ir con ella y acompañarla durante su recorrido y para allá que me dirigí yo también. Ya la tenía muy cerca y pude observar lo sevillana que iba con la medalla de nuestra ciudad en el pecho y el manto “camaronero” de la Esperanza de Sevilla, el cual le quedaba como un pincel.

El palio se levantó al cielo y a sones de marchas macarenas comenzó su discurrir por las calles de la capital española. Yo allí delante cual “cangrejero” con algunos sevillanos que también la acompañaban porque tampoco querían perderse esa curiosa procesión extraordinaria. Gritos y vítores eran constantes durante todo el recorrido por los madrileños fieles y devotos que allí se encontraban, Madrid era un júbilo. Durante casi todo el recorrido estuve acompañándola salvo un rato, del cual me fui a reponer fuerzas con unos amigos. Aquello era tan curioso en esa ciudad y tan parecido a lo nuestro que no quería perderme ni un solo detalle de su recorrido.

De las seis horas y media más o menos que estuvo en la calle yo me quedo con tres momentos únicos para mí: Su recorrido por la plaza mayor a los sones de “Coronación” de Manolo Marvizón, por la estrechez de la calle del Cordón con la marcha “Caridad del Guadalquivir” y la entrada a sones de “Pasan los Campanilleros” y una gran petalá de nuevo ante la fachada de su iglesia. Otra cosa curiosa y que me llamó bastante la atención fue cuando la palio ya se encontraba en el interior de su cede entorno a las dos de la mañana, entonces el público comenzó a meterse hacia dentro de la iglesia junto a la banda y una vez todos allí el capataz vuelve a llamar al paso, la virgen se levanta de nuevo al cielo y comienza a sonar la marcha “Como tú, ninguna” mientras el palio se dispone a recorrer poco a poco ese gran pasillo de la colegiata para dirigirse frente por frente al altar mayor de la misma.

Una vez allí postrado se para el palio y nuestra Angelita Iruela, hermana por cierto de la corporación madrileña, se aventura con una saeta hacia la dolorosa. Bellos de punta que pondrían en broche de oro a una extraordinaria de diez. Ya pasó todo… de vuelta en la madrugada del sábado por esas calles de Madrid mi cabeza no hacía otra cosa que ir recordando cada momento vivido durante esa jornada, todavía no creía lo que acababa de ver, por un momento casi que me olvidé que yo donde realmente estaba era en Madrid y no en Sevilla, pues os puedo asegurar que aún estando a más de 500 kilómetros de distancia el estilo y ambiente sevillano estaba presente durante todo momento. ¡Objetivo cumplido! Ya pude observar y empaparme bien del motivo por el cual yo me encontraba allí ese fin de semana. Me vuelvo a Sevilla con muy buenas sensaciones y con una extraordinaria de la cual he disfrutado muchísimo.

Algo muy sevillano fuera de Andalucía… Ahora a disfrutar un diita más de Madrid y poner de nuevo rumbo hacia la capital hispalense, mi Sevilla.

Redacta: José María Soro

Fotografía de Portada: Costalero de Pellizco

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Escrito por Nacho Sánchez

Jartible Cofrade desde 1991 · Tecleando con más de 140 caracteres · Coordinador de ElCostal.org

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