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Recuerdo el silencio por Alto Capirote

@altocapirote

Era la primera vez. Me desperté en plena noche para poder coger un autobús, que llenarían otros somnolientos como yo con el mismo destino de un trayecto sin paradas. El ronroneo del motor apenas consiguió dormirme unos minutos. Intenté imaginar lo que me encontraría al llegar, pero nunca se ve lo que otros ojos te han contado. Nadie te dice la verdad, porque así, en minúsculas, no existe. Y la otra difícilmente se ve. La noche me preguntaba por qué estaba allí. Y yo no sabía responderle. Olvidé contaros que iba solo.

Los primeros pasos en la aldea me la descubrieron sorprendentemente silenciosa. Apenas se oían una o dos campanas tañer a lo lejos. Una familia se desperezaba, saliendo de su improvisado dormitorio: una furgoneta con unos colchones donde la noche seguro que se hizo corta. Un anciano en camiseta interior se enjuagaba la cara en una palangana, y jaleaba a unos niños vestidos en chandal que entraban y salían de una tienda de campaña. Debajo de un remolque otros dormían a pierna suelta, envueltos en una manta basta. Una chica miraba una medalla barata en un puesto ambulante. Y una señora ya mayor y su artrosis caminaban bamboleantes con un destino firme. Unos iban y otros venían. La mirada baja, el frío en el cuerpo, el relente en el alma.

Y al fin a lo lejos pude verla.

La imagen se recortaba en la amanecida, ya clara. El mar se movía, olas de riñones, costeros apiñados y camisas rotas. Me acerqué. ¿Qué pintaba yo allí? Estaba desconcertado, y ni siquiera sabía muy bien dónde ponerme. Estorbaba en todos sitios. Ella pasó. Y yo pensé que ya lo había había visto todo y debía irme.

Y entonces una ola me la trajo.

Se dio la vuelta por donde se marchaba y vino a buscarme. Parecía como si hubiera olvidado decirme algo. Y fue como un relámpago. Un fogonazo, un silencio, y el trueno que te retumba en las tripas. Apenas oía las campanas repicar sobre el aire en el que había hecho el vacío. Ella se plantó delante de mí para estrujar mi alma, para que yo le contara. Y allí me quedé con el silencio del tiempo detenido en su mirada.

Allí sigo.

Un año después, en mi primer camino, alguien me dijo “aquí todos buscamos algo”. Yo ya lo había encontrado, pensé, en una calle de arena, con una vieja artrósica y una niña que compró una medalla de plástico.

Era Verdad. Con mayúsculas.

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