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Miembro de junta…

Un artículo de opinión de Juan J. Caravaca Silva

Actualmente, y gracias a las redes sociales y a los distintos medios de comunicación, la repercusión de las noticias cofrades tienen una especial relevancia especialmente por la cantidad de impactos que generan y la gran propagación que tienen, debiendo destacar las relativas a las elecciones a juntas de gobierno. Aunque no se sea hermano de la hermandad estas noticias despiertan mucho interés, porque en determinados casos y sobre todo si hay más de un candidato a hermano mayor, el que salga elegido uno u otro, puede tener repercusión en el resto de hermandades. Es el caso concreto de las elecciones a la Hermandad de la Macarena en el que cada candidato ha anunciado posturas diferentes ante el problema actual de la madrugada (por citar un ejemplo de actualidad), y quien resulte elegido va a marcar indubitablemente la solución a este tema repercutiendo de forma distinta en el resto de las hermandades de la jornada. Pero no es éste el objeto de mi reflexión de hoy, sino lo que nos debe llevar a presentarnos como miembro de junta de gobierno de una hermandad.

No sé si será por mi educación en Los Maristas, por los antiguos cofrades que he tenido la suerte de conocer y aprender de ellos, o simplemente por los valores que mis padres me transmitieron, tengo muy claro que formar parte de una junta de gobierno, o ser auxiliar de la misma, colaborador, diputado de tramo,…supone una opción de servicio a los hermanos teniendo muy claro que, de entre los fines de una hermandad, lo principal es promover la unión y el bienestar de sus miembros fomentando fraternos lazos de “hermandad” entre ellos para, de esta manera, y al estar precisamente reunidos en nombre de Cristo, que se cumpla en nosotros el evangelio de San Mateo: porque “donde dos o tres estamos reunidos en su nombre, Él está en medio de nosotros” (Mt.18,20).

He tenido el privilegio de formar parte en las juntas de gobierno de mis hermandades y lo verdaderamente importante, la mejor lección aprendida, es que ser miembro de una junta es ser aún más imitador de Jesús Nazareno, que “se despojó de su rango para hacerse el servidor de todos” (Flp 2,7). Ser miembro de una junta no es estar por encima de los demás sino, como he dicho antes, estar al servicio de todos los hermanos: “Si alguno quiere ser el primero que se haga el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9,35), porque estando al servicio de los hermanos estamos sirviendo a Dios: “Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40). Ser miembro de junta es estar dispuesto a “negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirle” (Mt 16,24), es dejar de lado los gustos y deseos personales para buscar lo mejor para la hermandad, sus hermanos y por supuesto para la Iglesia, como parte suya que somos.

Y no es que un hermano no tenga derecho a formar parte la junta, por supuesto que sí, pero siempre que ese afán sea para trabajar por y para sus hermanos, para con su (nuestro) trabajo aportar ese granito de arena que haga crecer nuestra hermandad. Dar el paso para presentarse supone no solo tener en cuenta el derecho propio, sino valorar el ambiente de la hermandad en general, evitar los escándalos por motivos de división interna y actuar de la mejor manera para ayudar a la hermandad en el testimonio que toda la Iglesia diocesana tiene que dar ante los indiferentes y alejados de la Fe en Jesucristo. Y sobre todo tengamos muy en cuenta las palabras de S.S. Francisco quien en la homilía de inicio de su pontificado nos dijo que “Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz.”

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