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«Nos ven porque salimos»

Artículo de opinión Juan José Caravaca

Que la organización de la Semana Santa necesita una reestructuración a nadie extraña. Que se ha sobredimensionado la misma es una realidad, tanto por el volumen de los cortejos que han experimentado un crecimiento exponencial en los últimos años, como en el público asistente a los mismos, y esto nos lo pone de manifiesto los continuos y crecientes “aforamientos” que por parte de los responsables de movilidad y orden público se suceden año tras año. Evidentemente la semana santa está de moda… Diversas son las causas de este aumento de participación, entre otras la mejora de las vías y medios de comunicación así como el incremento del parque automovilístico que facilita que muchas personas vengan a visitarnos y por supuesto que hermanos que residen en tras localidades puedan participar en la estación de penitencia de su hermandad. Ha vuelto a salir a relucir en estos días una idea que ya estuvo de actualidad hace años y es el limitar el número de nazarenos en los cortejos penitenciales, ahora centrado en que el nuevo hermano deba esperar tres años para participar en la estación, algo en lo que no puedo estar de acuerdo por varias razones.

En primer lugar el fin principal de nuestras hermandades es salir. Precisamente un momento de auge de las mismas fue tras el concilio de Trento en el que como sabemos, para que sirviese de pública catequesis por la contemplación de los misterios de la pasión del Señor se incentivó precisamente la salida procesional, precisamente por la falta de libros y de conocimiento en el pueblo para poder leerlos. Por tanto las hermandades son asociaciones para “salir” y no nos debe extrañar que una persona quiera hacerse hermano de una corporación para salir de nazareno. Para “no salir” hay otros tipos de asociaciones: antiguos alumnos de colegios religiosos, órdenes terceras religiosas, adoración nocturna, …muchas podríamos enumerar, cada una con su particularidades e idiosincrasia propias donde poder vivir la espiritualidad. Pero en las cofradías el signo distintivo es “salir”.

Decía un antiguo cofrade refiriéndose a su hermandad “no salimos a que os vean: nos ven porque salimos”. No pretendo enmendarle la plana, pues en su contexto tiene toda la razón, supone que en la hermandad lo importante es la disposición íntima y personal del hermano que sale abstrayéndose de todo lo accesorio, incluido el público, en pro de la propia intención por la que se realiza la estación penitencial y la meditación de los misterios de la pasión que debemos realizar durante la misma, pero ello no quita que el fin primero es salir para que “nos vean” y de esta manera poder catequizar. He manifestado en alguna ocasión que con que una sola persona al contemplar una cofradía en la calle reza un padrenuestro o avemaría ya habría valido la pena salir.

Precisamente y en base a esto nuestro Arzobispo ha expresado el valor que tienen las cofradías como freno al movimiento laicista que existe en nuestra sociedad actual. Es por la salida procesional que ponemos públicamente de manifiesto nuestra condición de católicos, y es el componente popular de la misma lo que hace que tantas personas quieran participar en ellas, sea como integrante o como espectador, pero es en estos últimos donde se manifiesta el fin catequético de la salida. ¿Cómo entonces poner trabas a algo que en sí es también un instrumento de evangelización?

Y es que esta limitación a los cortejos la pretendemos poner sobre algo que en las reglas de las distintas hermandades está además contemplado como una obligación de los hermanos, por tanto supondría una distinción entre hermanos de distinta clase cosa que en caso alguno está recogida en ninguna regla, y más desde que superamos la distinción entre hermanos y hermanas. En todo caso hacemos la distinción de antigüedad a la hora de tener un criterio objetivo para asignar el orden en la cofradía o para la concesión de un puesto singular en la misma, una vara, insignia o manigueta, pero ¿para limitar sus obligaciones? ¿Por qué no decimos que no salgan los hermanos de 50 años por ejemplo?

Sinceramente creo que éste no es el camino. Pensemos de verdad con la cabeza de pensar, hay muy buenos cofrades con mucha preparación y formación para reestructurar la semana santa que precisamente una de las razones por la que se mantiene en el tiempo desde hace casi setecientos años es por su capacidad de adaptarse a los tiempos y situaciones, pero lo que nunca ha cambiado en todos estos años es su primera razón de ser y es la del testimonio público de fe aunque sea desde el anonimato del nazareno, y que nunca se nos olvide que “nos ven porque salimos”.

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