El Sanedrín

Niños de Sevilla por @altocapirote

Siempre lo hacía el día de la Purísima. Creía que era una herencia familiar, aunque si lo pensaba bien ni siquiera tenía indicios de que los recuerdos respondiera mejor a la realidad que a esa construcción consciente que los adultos hacen de la niñez que desean. Le gustaba salir temprano, y enamorarse en la luz aún mate que se desvanecía al atravesar la neblina húmeda, un velo que con sus manos descorría para mirar la Ciudad todavía adormilada. Disfrutaba de las calles solitarias, el rumor de las máquinas siseando en los bares, refugios en la mañana fría. Sevilla vacía es un espejo. Y acudimos a ella a encontrarnos a nosotros mismos.

La ruta que iniciaba por las iglesias recién abiertas siempre terminaba en el antiguo compás, que con un goteo se iba llenando de caras conocidas. Asistía a la Función y se quedaba hasta el Besamanos. Al salir, ya en el mediodía del Mediodía, se dejaba llevar por la luz y el ruido. Gentío, bolsas, taxis, escaparates, villancicos, y unas bombillas que, apagadas, descansaban inútiles como un decorado abandonado en plena calle.

El rito caminaba las horas buscando su momento álgido. A mitad de la tarde, ya en casa, el aire se llenaba de olor a café y preparativos. Se aupaba al altillo y rebuscaba esas cajas que reconocía desde fuera. Con un cosquilleo bajaba una bolsa con algunos corchos y musgo seco y envejecido. Iba sacando un puente, un pozo, unas ovejas, Baltasar, una mujer con un cántaro. Un día de éstos compraría un puestecillo de frutas que había visto en una tienda cerca de San Andrés.

Pasaba la tarde colocándolo con mimo de relojería. Retorcía con cuidado un río de platilla, e inventaba una ribera de matorrales y arbolitos de plástico. Los animalillos sueltos llenaban de vida la escena del portal, uno pequeñito. Con la sonrisa puesta esparcía la arena tapando los huecos, y colocaba el puente de forma que pudiera verlo a través de las ventanas del portal como en una Anunciación del quattrocento. La figurita del Niño Jesús extendía los brazos, abiertos, como esperando. En cuatro lunas serás el Cachorro, se dijo.

Se sentó en el sofá a pasar las horas, con un libro entre las manos. Imaginó por un instante un bullicio infantil arremolinado en torno al Belén, las figuras que caen y las risas de torrente cristalino rompiéndose en mil pedazos brillantes. La estancia se llenó de fantasmas en pijama correteando, con ruidosos juguetes en sus traslúcidas manitas, colocando en el portal dinosaurios y superhéroes de plástico. La sombra del silencio pesó de pronto, hasta desbordar la vergüenza. Qué cosa más ridícula: un Belén para una persona sola.

Volvió al dormitorio y vio una bolsa que había quedado orillada. Asomaba un cinturón de esparto y una túnica de ruán manchada de cera blanca. Sonrió. Y siguió sonriendo hasta mostrar los dientes.

Porque en Sevilla los niños tienen la edad que quieren.

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