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Madrugá, tiene usted que irse, no puede ser eterna

Crónica visual de la Madrugá del Viernes Santo

En Viernes Santo, Sevilla amanece cansada, pero más triunfante que nunca. El 2016 era una meta a batir por la cúpula que (des)ordena como buenamente puede la ratonera en la que se convierte el centro de Sevilla en la madrugada, y tanto que si la batieron. Mínimos retrasos en el orden de nuestras hermandades y ni un solo incidente a destacar en la noche en la que de últimas todo nos asusta. 

Van a permitirnos la licencia, tanto al grupo de fotógrafos como a la que os escribe, no de contaros cómo transcurrió la noche más esperada, sino de adelantar un poco los relojes de esa madrugada mágica para narraros como pasaron las horas de amanecida del Viernes Santo.

No contaremos nada nuevo, las semanas santas se escriben y reescriben cada año narrando lo mismo, de manera diferente. La madrugada nos coge por sorpresa, siempre, aunque llevemos contaditos los días desde la madrugada de año anterior. Tal como llega, se va. Con la misma rapidez que pasa la cofradía del Silencio. Se va, pero nos deja el olor a azahar concepcionista, para que el ‘hasta el año que viene’ no se nos haga tan largo. 

La madrugá, se escapa, con el mismo brío y resolución que suben al cuadril los cirios los nazarenos del Señor cuando hay que emprender la marcha. La madrugá se va, sin mirar atrás, como los nazarenos de rúan que preceden al paso de la Señora del Mayor Dolor y Traspaso, sabiendo que esa ojeada le costará el no ser capaz de seguir andando de frente. Si una vez la madrugada del Viernes Santo perdiera esta determinación de saber que tal como llega, tiene que irse, y se detuviera aunque solo fuera un instante a observar como se va reflejando la candelería de la Esperanza Trianera sobre el río, mucho me temo que como Narciso, se ahogaría en su propia belleza.

El sol sabe de lo débil que es la madrugada, por eso no tarda en aparecer, con su corte de cantos de pájaro para ahuyentar todo miedo y cualquier ápice de duda: madrugá, tiene usted que irse, por mucho que se lo pidan, no puede ser eterna. El cielo se torna azul intenso, y la Señora de la Presentación se le ilumina la mirada frente a los muros de la catedral, se lo han gritado los mirlos del Alcázar: se acerca el tercer día.

 

En ese mismo punto, muchos nazarenos después. El tiempo retrocede sobre la historia. Cristo aun no ha muerto, está a punto de levantarse de su tercera caída. Su madre está menos compungida, se sabe iluminadora de corazones y ofreciéndonos en su mano un pañuelo nos recuerda que por nada del mundo hay que darse por vencida. Esperando solo un poco más, la historia continua, Cristo carga con dulzura gitana la Cruz, seguido muy de cerca por su angustiada Madre, envuelta en mantillas blancas.

 

 

Si en esta madrugá ya tomada por el sol, las emociones no nos mantuvieran despiertos, si se pudiera dar mute a la centuria por un momento y solo observáramos la suavidad con la que se mueven las plumas y, sobretodo, si no nos diera tanta pena ver marcharse al Señor de la Sentencia, estoy segura de que muchos nos dormiríamos con la mecida del costero a costero. En una noche, donde la medida del tiempo es tan relativa… ¿Por qué el tiempo pasando nazarenos se nos hace eterno, y el compás lento de las bambalinas se nos va en un suspiro? Si se pudieran juntar eternidades a la hora de pedir que te paren a la Virgen delante, el ‘por siempre jamás’ se quedaría corto… nos seguiría pareciendo poco. 

 

Ojalá, ojalá y a la madrugá se le olvidara irse… hasta entonces ojalá la vida nos de por siempre, esa capacidad de echarla continuamente de menos.

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