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Las manos de la Esperanza

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En vino blanco, en romero,
en la cal de una fachada,
yo te pienso cuando quiero,
¡lirio de la madrugada!
Allí en tu barrio guardada,
(sólo tu barrio te guarde)
brisa que quema y no arde,
clavel de donde consume
su más secreto perfume
todo el oro de la tarde.
Se incorporó de la cama. Descansó unos segundos, y fue buscando con sus pies las gastadas alpargatas. Suspiró y se levantó lentamente apoyando sus manos arrugadas en la mesilla. Le costaba trabajo andar. Un racheo marcaba el itinerario que seguía cada mañana, siempre el mismo, a la vez que rompía el silencio propio de la soledad.

Subió la persiana del balcón, y con cada tirón a la cuerda sentía que se le escapaba la fuerza. Abrió la cristalera, y regadera en mano, se dispuso a regar los geranios que colgaban de la vieja y erosionada baranda verde, cuyos barrotes oxidados amenazaban a los tiestos con vencerse hacia la calle. Frío. Las primeras luces del día despuntaban en un cielo que el sol aún no había conquistado.

Terminó su faena y se echó en la baranda polvorienta. Miró a su alrededor fijándose en los desconchones de su casa, que dejaban  ver la arena y el ladrillo de sus ancianas paredes. En ese momento, se acordó de su madre. También del corral de vecinos y las noches de verano, de su padre cuando la besaba al regresar del mercado, de su abuela que la llevaba al sagrario. Se echó la mano al pecho, una mano arrugada y vieja, maltratada por el trabajo y por el paso de las décadas, y acarició con sus dedos la cadena dorada con la medalla que caía desde su cuello.

Pensativa, y sin soltar la medalla, cerró los ojos. Lo más bello de su vida pasó ante ella. La memoria era lo único que conservaba su pasado, pues ya ni su vista le dejaba ver las blanquinegras estampas familiares. Se le escapó una lágrima, y, alzando al frente la mirada, buscó la espadaña que sobresalía entre los tejados vecinos, con la veleta que ya no alcanzaba a ver. Suspiró, y sin dejar de sonreir, dijo en voz baja la leyenda inscrita en la veleta, escrita para informar a los vientos: “Aquí está la Esperanza”.
Fernando Rodríguez.

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Escrito por Nacho Sánchez

Jartible Cofrade desde 1991 · Tecleando con más de 140 caracteres · Coordinador de ElCostal.org

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