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La Vida es Eterna en Cinco Minutos Por Rafael de Los Santos

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Abstente de hablar. El tiempo se quedó sin ruido. Ese tiempo mudo que nos separa, como la distancia en kilómetros de tu suspiro y el mío. Kilómetros que a veces se quedan en nada con tan solo unas palabras. Palabras importantes, de aliento ante la desesperación y la incertidumbre. La vida es eterna en cinco minutos y en esa infinitud se puede determinar nuestro destino.

En este apacible domingo, en donde San Gil despertó del sueño carmelita, la Alameda le toma el testigo, para ser bálsamo del que sufre y en donde las peticiones y agradecimientos a la Santísima Virgen llegarán tan altas como esbeltas son sus cuatro columnas romanas; ahora, que el verano aprieta con ganas de agosto, que se pare el tiempo si no se de ti, si no tengo noticias tuyas y sé que sufres y el dolor está presente como en el inmaculado pecho de la dolorosa de la silenciosa hermandad de Jesús Nazareno.

Que reine el silencio si la vida me quita tu vida. Sin buscarlo, sin quererlo, sin merecerlo. Ilusiones derramadas en una carretera llena de luces y sombras, de idas y venidas, como nuestra particular estación de penitencia. Doble sentido en donde unos van y otros vienen, y tú no mereces irte. Quédate. Vuelve. No te vayas.

Aquí llueve, pero las lluvias no impedirán nuestra salida procesional. De las que yo te hablo son del alma, y se exteriorizan en lágrimas de vida, y esas no manchan. Ese agua no impide realizar nuestra particular carrera oficial. Esas lágrimas y esa vida que ayer nos enseñaron a cultivar y que a diario hay que tener presentes. Lágrimas derramadas que gusta verlas aparecer por tus mejillas pues demuestran que sientes, que quieres, que amas. Y que aunque no mojan, calan en el corazón.

Vida solo hay una y en estos tres días de duración tenemos que darnos por entero. No nos veamos en la necesidad de pedir prestado -o a crédito si los bancos nos lo permiten- un día más, a Dios. Ese día que a todos nos hace falta, alguna vez, para arrancar un “te quiero” y demostrar con ello la pasión y el amor por la familia: por nuestros abuelos, nuestros padres, nuestros hermanos. Yo no te prohíbo quererme si no es para siempre, yo solo pido que me quieras hoy, sin que nos atropellen esos cinco minutos en donde se esfuman los planes y la vida te cambia.

Tú sabes bien de ésto que te cuento. Los cinco minutos que a veces son maravillosos -que bien podrían ser cinco horas- y otros que son para olvidar, borrar y aprender. Recuerda, en estos últimos: Omite, calla, no hagas mención de ello, y que reine el silencio. 

Redactado por Rafael de Los Santos

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Escrito por Nacho Sánchez

Jartible Cofrade desde 1991 · Tecleando con más de 140 caracteres · Coordinador de ElCostal.org

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