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La Victoria y el Tiempo

Un artículo de Juan José Caravaca

El tiempo. Nuestro amigo común. Inseparable compañero de viaje. El que marca el ritmo de nuestras vidas y nos permite ordenar los acontecimientos que nos han sucedido, los que vivimos y los que vendrán. El que cíclicamente nos permite revivir las estaciones del año con sus diferentes temperaturas, colores, climatologías, luces… El que marca el momento de una nueva semana santa, año tras año, siempre igual y a la vez siempre diferente. Porque el tiempo combina en sí esa cualidad circular de organización estacional, y a la vez es esa línea, siempre en movimiento que, como las aguas de un río, no podemos beber dos veces. El tiempo marca nuestra vida en un constante cumplir años que, con la experiencia que nos hace acumular, hace que nunca vivamos un mismo momento de igual forma aunque se repita año tras año.

Por eso nuestras semanas santas nunca son iguales. Nuestras sensaciones al salir de nazareno siempre encierran algo nuevo. Porque, aunque cada año veamos al Gran Poder salir en San Lorenzo, la emoción que nos produce contemplar el paso firme y decidido del Hijo del Hombre tiene algo especial, como especiales y diferentes son nuestras vivencias a lo largo de cada año. Porque al contemplar cada 15 de agosto la salida de la Virgen, no puedo evitar dirigir la mirada hacia ese punto justo frente a la puerta de los palos para comprobar, una vez más, que mi tía María ya no está ahí, sino junto a Ella en el balcón del cielo, y así le sucede a cada uno con sus seres queridos, en ese punto concreto de la geografía de la ciudad en que guardamos en el corazón.

Por tanto el tiempo es inflexible, intolerante, obstinado, implacable, riguroso, intransigente… quasi dictatorial… ¿o sin el quasi?

Aunque el domingo pasado hubo un momento en que todo lo anterior quedó en evidencia, y el temible dictador invencible cayó en derrota ante la magna presencia de la Virgen de la Victoria en su Rosario hacia la Catedral, triunfal previa de su coronación canónica. No es mi intención hacer una nueva crónica del mismo, son muchos ya quienes han cantado las excelencias de este culto que tuvimos la fortuna de vivir, pero si quisiera reflexionar ante las emociones sentidas ante la Reina de las Cigarreras.

Para quienes fuimos afortunados de contemplar el traslado de la Virgen hacia la Catedral el año 2013, con motivo del 450 aniversario fundacional de la Hdad, ya nos pareció un sueño irrepetible verla atravesar los jardines de “Cristina” en la aún noche de aquel glorioso sábado de octubre y su tránsito por las calles San Gregorio, Miguel de Mañara, Triunfo y Plaza Virgen de los Reyes amaneciendo, por lo que revivir estos únicos momentos en la mañana del pasado domingo no tuvo nombre. Podría parecer un déjà vu, pero en realidad fue una cápsula del tiempo que, hizo un paréntesis en el continuo lineal, para retrotraernos a un momento único que presumíamos irrepetible. No cabría hablar de solo un traslado porque fue un auténtico acto de culto el rosario que rezamos, por activa y por pasiva, los que asistimos al mismo, porque el recogimiento de todos los asistentes, buena dirección del rezo y el marco musical tanto del Coro de la Hdad de Jesús Despojado, como los interludios musicales por los músicos de la banda de la Hdad. que pusieron la nota sonora al momento (singular binomio Cigarreras y Música) con fragmentos de las marchas procesionales habituales en el repertorio de la Hermandad, no es que invitaran a rezar, sino que cuando te dabas cuenta estábamos rezando las avemarías… En definitiva la Virgen y nosotros.

Esto mismo nos ocurre cada año ante la presencia majestuosa de la Virgen de la Victoria el Jueves Santo cuando, en su palio de cajón monumento nacional, se nos presenta en la calles de nuestra ciudad. Porque en su presencia, y en ese saber hacer de su Hermandad fruto de siglos de historia, la mirada se abstrae de todo cuanto hay en derredor, para centrarse solo en la que, con nombre de reina (de España), y bajo el palio que es buque insignia del estilo arquitectónico propio de la ciudad, une en sí la más pura esencia popular y de abolengo de la ciudad: sus antiguas cigarreras y el cariño del pueblo, un rey presidiendo su paso, el ayer hoy y mañana de la música procesional, y el más íntimo sentimiento de la urbe manifestado tanto por los antiguos vecinos de siglos pasados hasta el que le tributan los actuales residentes del barrio de Los Remedios y todo aquel que, como quien suscribe, profesa especial devoción a la Virgen de la Victoria.

Cuando la Virgen de la Victoria pasa cada año por la esquina de la calle San Fernando se produce este momento “impasse” sobre el reloj, pues al mirar el discurrir de su Imagen por el que es punto de unión de su antaño y hogaño, como nos decía Antonio Burgos hace unos días se nos viene a la mente la imagen de su paso rodeado de sus cigarreras, S. M. presidiendo, los punkies del postigo y sus devotos que vamos a rezarle y pedirle salud para poder saludarla un nuevo Jueves Santo donde, de nuevo, volveremos a abstraernos de todo lo accesorio centrándonos solo en Ella, reviviendo una vez más su Victoria sobre el tiempo.

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