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La Luz y no la Forma, por @Jartible_

DSC_0155La Semana Santa de Sevilla, como nuestras propias vidas, están conformadas por luces y sombras. Caemos en el error de centrarnos en la forma, pero no en la luz. En su luz. Particularmente siempre pensé -y así lo sigo haciendo- que, la Semana Santa -como las personas-, mientras más sombra la rodea, más luz desprende, más interesante es.

Romero Murube hablaba de la luz de la víspera, de la luz de nuestras almas en primavera, de nuestra luz en la cuaresma. La luz que va cambiando la ciudad, una luz preparatoria que nos hace sentir que algo se acerca, que algo llega, que el espíritu que nos mueve durante el resto del año roza su cota más alta de ilusión.

¿Recordáis las infinitas tardes de verano hablando sobre este tiempo? ¿Acaso es algo la Semana Santa sin la ilusión de vivir el tiempo más que la forma? No sé cuántas veces imagine estas tardes de marzo, cuando el sol flota y se mantiene sobres las naves de la catedral, como si no se quisiese ir, o como si de verdad algo ahí arriba nos escuchase y nos dejase disfrutar un poquito más de lo tanto esperado.

_DSC0074La dualidad de la Semana Santa. ¿Qué es la Semana Santa de Sevilla sin su espera? ¿O es acaso mejor la forma que la luz? ¿Es mejor la forma que el fondo? La Semana Santa es el teatro de nuestras vidas. El resto del año no es más que el recorrido preparatorio. El examen al que Sevilla expone a sus docentes, que no somos más que nosotros mismos. Nuestra verdad verdadera. Esa que pensamos una y otra vez las tardes de abril, mayo, o porqué no, las tardes de noviembre cuando vamos de camino a casa tras echarle el telón a la función de nuestro día. ¿Cuántas veces al volver a casa hemos ido soñando despiertos con los recuerdos de lo vivido? ¿Cuántas veces un palio de vuelta por Francos en junio, verdad? ¿Cuántas veces nos sepultamos en el dolor de la memoria recordando lo que ya no tenemos, verdad? Porque claro, la Semana Santa la sentimos como nuestra. Cada uno vivimos nuestra propia Semana Santa, y cuando se va es como si nos la hubiesen quitado de las manos.

Ha llegado el color a la ciudad. Ha llegado el color con su luz, porque has de saber que, la Semana Santa, es la luz y no la forma. La luz de nuestra ilusión y de nuestra sonrisa. Esa misma sonrisa que nos hace sentir un amor y que en las tardes de marzo nos la provoca el amor metafísico de esta función que comienza a levantar el telón.

Se fue la noche fría y profunda del invierno y que el sevillano sabe encajar tan finamente en el fondo del cajón del recuerdo. Las tardes insípidas pasan a ser tardes sin horas. Tardes eternas en la que la ciudad sonríe sobre el atardecer eterno del Aljarafe.

Llegan los olores claros y puros de la primavera, procesiones, cornetas y tambores, nazarenos con caminos de ida y sin billete de vuelta. Ha llegado la hora de ver la luz, que no la forma.

¡Arriba el telón!

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