El Sanedrín

La Ciudad de los Nazarenos

@altocapirote

Porque ser nazareno en Sevilla es una cosa muy seria…

A la nazarena del Domingo de Ramos le brillaban los ojos. Recorridas las calles estrechas, guarecida entre la sombra y el gentío que buscaba el fresco de Zaragoza, la cofradía había serpenteado hacia San Pablo. El sol se tiró desde el cielo haciendo de la acera izquierda un desierto. Los guantes blancos agarraban la vara con fuerza, y nerviosa miraba a un lado y a otro, como buscando a alguien. La Virgen se les echa encima. Ahí queó. El calor se extendía por la capa negra y el capirote era una chimenea. Asfixiada y feliz, ansiosa y atenta. Toma, unas estampitas. Sigue mirando nerviosa. Busca, espera, comenta, mira. Los ojos inquietos luchan por salir del antifaz. Suena el martillo. Nos vamos. Echan a andar los ciriales. Un guardia civil, bulla, acólitos, dos de traje, el aguaó, y mucho incienso. La masa informe la empuja. Y los dos ojos se fueron nerviosos, buscando por la Magdalena y llevándose en ellos todo el sol de la tarde.

Se vistió solo, aún resonando las palabras de su padre al teléfono. Buena Estación de Penitencia. Llevaba mucho recluido en su casa. Yo ya no estoy para ver cofradías en la calle. Y en la tele se ve estupendo. Hacía días que no lo veía. Semanas. El trabajo. De alguna forma lo acompañaba en el ritual cada Miércoles Santo. La comida ligera. Cómo recogerse la cola. Aprender a hacerlo solo le costó un tiempo. Solo cogió el coche. Solo aparcó donde pudo. Solo anduvo el camino hasta la iglesia. Solo salió de ella con el cirio al cuadril. Solo fue viendo el atardecer entre los altos capirotes negros. Solo anduvo en las oraciones perdidas. Solo se abandonó a ese momento de cansancio, de somnolencia, que todos los nazarenos tienen. Solo dejaba caer los párpados esperando esa cara amiga cuando volviera a abrir los ojos. Solo llegó a la iglesia y regresó a su casa. Solo se desvistió. Solo se tomó unas natillas escuchando una radio que no le decía nada. Solo se acostó el nazareno cansado, después de mirar que en el móvil no había ningún mensaje.

Iba por la calle Feria, merino y terciopelo verde, venciendo a la noche. Relucientes las hebillas, almidonada la túnica, la capa recogida al brazo. Como un nazareno de Hohenleiter. Andaba desafiante, gallardo, un templario con cera. La sonrisa desbordada, el orgullo de antiguo, la seducción en la mirada. Unas risas. Se vuelve a un grupo de jóvenes. ¿Éste qué tramo es? El que tú quieras, mi vida. Más risas. Ella entonces se gira. Unos ojos verdes, una boca imposible. Mucha penitencia vas a tener que hacer tú. La que me pidas… Pero ya suena entrecortado. No puede dejar de mirarla. ¿Cómo te llamas nazareno? Tienes ojos de niño guapo. Más risas. La cofradía decide andar. Él pregunta: ¿te volveré a ver? ¿Otra vez está cofradía tan larga? No sé, no me fío de ti. Más risas. El nazareno se vuelve, a medida que se aleja, yéndose sin irse ¿A las ocho y media en el Valle? ¡Ya veremos! Y el nazareno se lleva un rosario hecho de sonrisas y una cruz de ojos verdes. Ha dejado a cambio el corazón parado en la esquina de Correduría.

Era la primera vez. Ésa que no se olvida. Su madre le había cosido la túnica morada. Yo quiero salir de nazarena, había dicho al saber que otras amigas ya llevaban antifaz y habían dejado atrás la infancia, que en Sevilla se acaba cuando uno deja de ser monaguillo. Esperó nerviosa en el compás del Convento, guardando la compostura y el silencio que su edad le escabullía. Hermanos cúbranse. El repeluco de ponerte el antifaz esa primera vez. La quemazón del primer chorreón de cera. La sonrisa desbordada en los ojos al ver a su hermano pequeño. Toma, una medallita. Podía habérsela regalado en casa, ¡pero ella quería dárselo de nazarena!. Mira adelante. No te distraigas. Guarda la distancia. Su padre, un nazareno serio, la pastoreaba detrás. ¿Falta mucho? Tengo sed. ¿Cuánto queda? No puedo más. Y así entró la nazarenita, cubierta del antifaz negro, al compás de tiniebla y crujidos. Y acunada por la nana cantada a la entrada de la Piedad se durmió en el banco de la iglesia. Mientras, su padre lloraba bajo el antifaz por haber dado un nazareno más a la Ciudad de los Nazarenos.

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