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Héroes de nuestro tiempo por Carmen García de la Escosura

Tweet Tuve la suerte, y sí recalco, la suerte de poder conocer a una mujer que me ofreció un brillante testimonio de esfuerzo, superación pero sobre todo de Fe que hoy creo que debo compartir con el resto del mundo: “Después de tanto tiempo esperando poder quedarme embarazada, y sabiendo que los médicos habían perdido cualquier esperanza de que pudiera dar a luz. De repente acogí, junto con mi marido, la buena noticia de haber engendrado una nueva vida”.


Hasta aquí parece una simple buena noticia, pero no todo fue tan fácil y tan bonito como se habían imaginado en un primer momento:
“Con el paso de los meses nos comunicaron que era una niña y la verdad es que me asombré bastante, porque siempre había comentado con mi marido que nos hacía mucha ilusión tener un hijo consagrado al orden sacerdotal (que sólo era un deseo, no pensábamos imponérselo de ninguna de las maneras). Pero tampoco nos disgustó la idea de que fuera mujer, aceptamos la aleatoriedad de la naturaleza de buenas ganas ya que sólo queríamos tener un bebé sin importarnos más”.
Hablando con ella me llamó la atención el tema de que quisiera tener un hijo varón para que se dedicase al sacerdocio, ya que muchos padres cuando los hijos toman esta decisión no acogen muy favorablemente la idea. Algunos acaban haciéndose a la idea simplemente por aceptar la felicidad de sus hijos, otros no lo aceptan nunca, y otros, como ellos, simplemente lo desean.  
Sin embargo, su respuesta fue muy lógica cuando afirmaba que “no pensábamos imponérselo de ninguna de las maneras” ya que un padre debe aceptar la decisión de los hijos, sea cual sea, y apoyarlo de la mejor forma que pueda y sepa. No debe exigirle nunca un destino profesional ni personal, debe ayudarle a buscar su felicidad que al fin y al cabo es el destino de nuestra vida.
Aun así, me comentaba que:
“Todo parecía tranquilo, la verdad es que fue hasta entonces no había sido un mal embarazo. Hablaba con mis amigas y todas se quejaban de nauseas, mareos y malestares; pero a mí no me pasaba nada de eso. Puede ser que no me pasara, o que simplemente era tan feliz por poder tener por fin una hija, que ningún obstáculo podía hacer que esa felicidad que me embriagaba disminuyera.
Aunque la verdad es que de un momento a otro, sin que nadie lo esperase, todo se desvaneció. Comenzaron complicaciones en el embarazo, de los que no tuve conocimiento hasta que me comunicaron que tenía que ser intervenida de urgencias si no quería perder a mi hija.
En la operación mi hija perdió su pie derecho. Pero no hizo que disminuyera mi alegría por tenerla pronto entre mis brazos, sabía que Dios encontraría un sitio para ella”.
Cuántas veces a los padres les entra miedo al enterarse de que su futuro hijo va a tener una malformación. Cuántos abortos hay por este motivo. Me emocionó sinceramente su confianza en Dios, como aceptó lo que le había tocado, sin rechistar.
“Dicen que tuve mala suerte, pero yo no creo que fuera así. Mi hija al nacer tuvo un derrame de retina que hizo que perdiera prácticamente toda la visión de ambos ojos, de uno más que otro, lo que implicaba que debía utilizar un bastón para valerse por sí misma aunque no podía, porque como dije antes había perdido su pie derecho. A causa de esta serie de infortunios mi marido comenzó a perder la Fe, y de hecho la perdió, muriendo al cabo de los años sin ella; pero conmigo no pudieron, siempre pensé que haber llegado hasta aquí debía valer para algo”.

Su Fe, su fortaleza y su superación cada día, hizo que esta madre cuidara a cada instante de su hija. Consiguió que ella fuera una más sin que nadie le recriminara su minusvalía, demostró que todo lo que ella creía era más fuerte que cualquier impedimento biológico. Se licenció en magisterio con una generación posterior y decidió seguir el ejemplo de su madre dando su vida por los demás. Y por ello, se lanzó en aventura a las misiones para ayudar a escolarizar a los más desfavorecidos.
He de confesar que se me saltaron las lágrimas cuando la madre me recalcaba tantas veces: “Me dijo: mamá quiero ser como tú. Gracias por haber estado siempre conmigo y no dejarme sola, bajo ninguna circunstancia”. Creo que son las palabras más bonitas que te puede decir un hijo, que quieran ser como tú, que para ellos seas un héroe y su modelo a seguir en todos los aspectos.
Según me comentaba, ella la acompañó un tiempo a las misiones hasta que conoció a un hombre, que también estaba de misiones, con el que contrajo matrimonio y decidió volverse para dejarle su espacio: “Yo regresé a España porque este es mi sitio, mi misión ya había concluido. Aunque por supuesto, ser madre no caduca, cuando ella me necesite sabe que no tendrá ni que pedirlo, yo llegaré antes a ayudarla”.
Ahora bien, he de decir, que entre todo su testimonio me quedo con una frase:
“Estoy muy orgullosa de mi hija. Porque aunque yo quisiera ayudarla, nada de esto lo hubiera conseguido si no se hubiera dejado a ayudar; yo sólo he sido un apoyo, no el brazo ejecutor”.
Carmen García de la Escosura Vázquez

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Escrito por Nacho Sánchez

Jartible Cofrade desde 1991 · Tecleando con más de 140 caracteres · Coordinador de ElCostal.org

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