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Escenario de poder, opinión de @LepetitMarin sobre el Pregón

La Real Academia Española define un pregón como una promulgación en voz alta, en un sitio público, que toma forma de discurso elogioso. La forma en desuso dice, literalmente, «alabanza hecha en público de alguien o algo». Sin duda, el pregón de la Semana Santa de Sevilla cumple con los parámetros de esta definición. No obstante, podría decirse que el pregón es un acto cultural que actúa sobre el imaginario colectivo de los cofrades y que influye sobre la fiesta. Determina marcos de referencia, donde se configura un «nosotros» y lo que está en juego, en palabras de Tourine, dejando en el aire la personificación del «ellos» en quienes no comparten las características del «nosotros»[1] y se les presupone contrarios a la ortodoxa celebración de la Semana Santa.

Cuando las cámaras de televisión enfocan todo el escenario mientras la banda de música interpreta la composición correspondiente desde el foso, puede verse un conjunto de trece personas, dos grupos laterales de cuatro miembros y un tercero, en el centro, de cinco miembros. Quienes allí se sientan representan al poder civil, religioso, militar y judicial. El pregonero es avalado por las instituciones del poder, por lo que agradarlos con la disertación es importante. Allí se encuentra la Iglesia, el Ayuntamiento, el Consejo, el delegado del Gobierno, el delegado de la Junta de Andalucía, el representante de la autoridad militar y la autoridad judicial. Un festival de elites, que diría Wright Mills. Desde el punto de vista ceremonial, el pregón guarda medidas de equilibro: es organizado por el Ayuntamiento de Sevilla, el Consejo de Hermandades elige al pregonero y la presidencia del acto la ocupa el arzobispo de Sevilla. De esta manera, poder civil, jerarquía eclesiástica y hermandades establecen una relación de colaboración y equidistancia. En términos de Bourdieu, se escenifica con sencillez la delimitación de la Semana Santa como un campo donde diversos actores se disputan la hegemonía y la autonomía.

Política, económica, religión, cultura, sociedad y comunicación se disputan, si no el control total de la Semana Santa, sí una fuerte influencia sobre ella y la determinación de aspectos muy concretos. Dependiendo en qué momentos, los actores que encarnan estos sectores colaboran o compiten entre ellos. En el caso del pregón, la jerarquía eclesiástica desea que la disertación se erija como una proclama catequética, con una fuerte impronta eclesial. Sin embargo, desde el ámbito de la cultura y de la comunicación se abre una brecha que contrapone la elaboración literaria frente a la emotividad del texto. Desde los sectores sociales se busca que haya mensaje de compromiso sobre determinadas cuestiones –pobreza, solidaridad, posicionamiento sobre la vida o la eutanasia- y los actores políticos se conforman con no recibir algún castigo verbal sobre la dirección de su gobierno.

El pregón, sobre todo y ante todo, es un acto comunicativo de primer orden que multiplica su efecto gracias a la retransmisión a través de los medios de comunicación social. Este hecho hace que la fiesta sea percibida desde un prisma más religioso, social, festivo o emocional en función de dónde cargue las tintas el pregonero. No es causal, por tanto, ni baladí que el propio arzobispo pusiera tanto empeño en arrogarse la facultad de dar su visto bueno en la elección del pregonero, dejándolo por escrito en los Estatutos del Consejo de Hermandades de Sevilla[2]. Por otro lado, es un triunfo de la jerarquía eclesiástica la declaración final de dichos estatutos, donde se declara «filial obediencia» a la Iglesia Católica y reconoce al arzobispo como el valedor de las costumbres y el mantenimiento de la disciplina de la Iglesia (sic). El pregón constituye uno de los principales actos culturales de masas para la definición del marco de referencia de la Semana Santa. Perpetuar determinados estereotipos, no cuestionar la componente religiosa y católica de la Semana Santa –como ya hiciera Núñez de Herrera en Teoría y Realidad cuando señaló que la Iglesia y la fiesta son dos cosas distintas- o favorecer una mezcla natural entre las elites eclesiales, el ejército y la política sin crear fisuras son algunas de sus principales obligaciones. Esto hace que determinadas personas, con unas cualidades sobradamente acreditadas para crear una sobresaliente disertación queden en barrena en la carrera hacia el atril[3].

Las relaciones de poder en el campo de la Semana Santa son altamente endogámicas y las elites tiene una baja tasa de renovación y se retroalimentan entre ellas. Esto no es diferente a otros ámbitos sociales. Asimismo, los marcos discursivos de las elites cofradieras son, principalmente estáticos. Es decir, tienden a una escasa actualización, provocando situaciones de controversia entre la sociedad y el campo cofradiero con más frecuencia de la deseada. El pregón, por su organización, por su ceremonial, por su forma y por su contenido, permite perpetuar un discurso que se piensa atemporal y que solo favorece a quienes ya disponen de posiciones privilegiadas dentro del campo. Un ejemplo destacado, en este sentido, es el tratamiento de las hermandades que no procesionan a la catedral o la presencia en el texto de hermandades con un carácter más popular o heterodoxas.

Cuando se produce el pregón, no solo se está ante un evento social –donde las elites se encuentran, ya que la asistencia está reservada, prácticamente, a las juntas de gobierno- y cultural sino también se contempla un acto propagandístico, en el sentido positivo, que escenifica las tensiones entre los actores que intentan determinar la Semana Santa. Tensiones que quedan plasmadas en el contenido del texto y que cada actor se atribuye el éxito de que estén ahí. El pregonero tiene la tarea hercúlea de satisfacer, en cierta medida, a todos los actores en disputa. Mientras todo esto ocurre, el gran público solo repara en la belleza de la disertación o en la emotividad que transmite mientras declama, en la complejidad de la creación literaria o en la sencillez de los versos. Ser conscientes de las relaciones veladas entre actores ayudará, seguramente, a entender la composición del texto y servirá de herramienta para su análisis.

[1] Rafael González-Serna dijo que «para ser buen sevillano, hay que ser cristiano», donde el «nosotros» queda perfectamente definido mediante la cópula condicional entre la condición de ciudadano y la condición de creyente. Todos los demás constituyen el «ellos».

[2] Artículo 55.b

[3] Podría decirse que el caso más comentado sea el de Pascual González, componente de los Cantores de Híspalis.

 

Fotografía de portada de elcorreoweb.es / Autor: José Luis Montero.

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Escrito por David Jiménez

Community manager y fotógrafo profesional

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