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El tiempo y la prisa

Juan José Caravaca Silva · @juanjc64

Y la ciudad se vio engullida por su propia prisa… Poco a poco y casi sin darse cuenta, esa forma de vida pausada y costumbrista de pequeños ritos asociados a las tareas cotidianas del día a día, del café a media mañana en un paréntesis que no ponía en jaque la productividad, de un tinto con una tapa de riñones en el aperitivo de mediodía en el Bar Flor cuando los grandes almacenes cerraban a las horas de la comida y las emisiones de televisión tenían fin y principio con carta de ajuste, de un refresco a la salida de misa los domingos previo a ir a comer a casa de los abuelos con unas tardes agraciadas con la salida de la “Gloria” de turno que, sin “programas establecidos”, publicidades, ruidos ni bullas servían de áureo remate a esos días de vida familiar que mitigaban esa espera del tiempo del gozo que para muchos supone nuestra Semana Mayor. Porque si bien el “Gozo” es el Domingo de Resurrección (éste es el día en que actuó el Señor), en el mejor de los “spoilers” y como conocemos el final de la película, adelantamos esa alegría de la Resurrección al sonido de las campanitas que tornan en ilusión las caras de los niños cuando el Señor de la “borriquita” baja esa rampa que atesora los juegos de la infancia de la ciudad.

Hoy todo es prisa. Aquellos ritmos pausados del hombre costumbrista de antaño, hoy solo son una carrera sin fin pues nuestra vida cotidiana es una mera competición contra el reloj, no existe hueco para nada, ni tan siquiera para ir a misa. ¿Asistir a un culto? No ha lugar. Todo es correr. No queremos ver el tiempo, sino volar sobre él, y en ese vano intento nos inventamos una semana santa falaz, en la que ni los arboles nos permiten ver el bosque, ni tan siquiera tomamos conciencia del tiempo que vivimos, haciendo del año una ficticia cuenta atrás anticipando un final no venido que nos priva de vivir en plenitud el presente aun no estrenado. Si hemos estado anticipando la semana santa al inicio de la cuaresma, con el consiguiente vacío de ésta, hay incluso quien ya anticipa a este año la cuaresma del que está por venir.

Ésta pérdida de focalidad no solamente hace que la cuaresma no sea el tiempo de preparación que es, sino que por no vivir dicha preparación también nos deja vacía una semana grande que queremos vivir tan intensamente y que al final se nos pasa sin pena ni gloria. Tanto corremos que estamos convirtiendo todo el año en una semana santa sin fin, una semana santa en bucle que, por querer alargarla en exceso, nos hace olvidar que precisamente su principal valor es su carácter efímero y fugaz que, por su volatilidad, nos hace querer detener el tiempo para saborear el paso de la hermandad por aquella calle a la que nos llevaba nuestro padre a la que hoy vamos con nuestro hijos y mientras vemos ese solemne procesionar, inalterable al paso de los años, sentimos como están las tres manos entrelazadas.

Primer Viernes de Marzo y también Primer Viernes de Cuaresma que este año nos unen tradiciones que hemos heredado de nuestros padres y otras nuevas que dejaremos en herencia a nuestros hijos  que forman parte de esos momentos antes mencionados en los que no hay tiempo sino solo eternidad: así en San Ildefonso, Santa Genoveva, San Antón, Capillita de San José, El Cerro, San Pablo, en todas y cada una de las hermandades que celebran sus cultos seremos parte de esa máquina del tiempo del alma y corazón que une a los presentes y a quienes nos precedieron perpetuando la memoria de una ciudad que, sin ser consciente de ello, es capaz de ganar la batalla a la prisa.

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Escrito por Nacho Sánchez

Jartible Cofrade desde 1991 · Tecleando con más de 140 caracteres · Coordinador de ElCostal.org

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