- El Siglo de Oro Sevillano

El Siglo de Oro Sevillano “Pedro Roldán”

El escultor por antonomasia de la segunda mitad del siglo XVII es, sin duda, Pedro Roldán. Nacido en Sevilla en 1624 aunque se consideró durante un tiempo su lugar de nacimiento la localidad malagueña de Antequera, donde sus padres pertenecían.
En 1638 se traslada a Granada para formar parte del taller de Alonso de Mena (1587-1646), uno de los mejores del momento, donde, según era costumbre, vivía en la misma casa de su maestro, y  quizás ocupó un puesto de oficial hasta el fallecimiento del maestro. La vuelta a Sevilla viene determinada por el fallecimiento de Mena y el traspaso de la titularidad de su taller a Bernardo de Mora en 1646 y posiblemente por no tener con éste una relación estrecha  en cuanto a líneas estéticas, pero debemos considerar importante su etapa granadina para su formación.
Cuando vuelve a la ciudad hispalense, se encuentra con una difícil tarea para abrirse camino debido al gran elenco de artistas como el famoso y ya en su recta final Juan Martínez Montañés, Juan de Arce o Felipe de Ribas. Aún con ello, se convierte pronto en un artista consolidado, que contaba con discípulos y aprendices, muchos de ellos familiares,  con tan solo veintitrés años.  Ciertamente en esta ciudad, se convierte en el artista más polifacético y productivo, quizás tan solo superado por Alonso Cano. En el año 1654 nace su hija Luisa Ignacia Roldán, más conocida como “La Roldana”, excelente escultora que enriquecerá el patrimonio artístico de nuestra ciudad.
La extraordinaria relación que mantenía Pedro Roldán con el resto de artistas que residían en la capital hispalense le lleva a realizar trabajos de colaboración con ellos; así, nos encontramos con obras conjunta con los Ribas, Sebastiana de Mena o Juan de Valdés Leal.

De su primera etapa de aprendizaje granadino no se conocen obras individuales; para ello debemos irnos a la primera etapa sevillana que se produce entro los años 1647 a 1665, donde aún se observa los postulados de su maestro granadino. Tradicionalmente, se ha venido atribuyendo a esta etapa Nuestra Señora de la Antigua y Siete Dolores que se encuentra en la Iglesia de la Magdalena de Sevilla, aunque estudios recientes parecen indicar más su autoría por la de Andrés de Ocampo. Si duda en esta etapa podemos señalar el retablo de la Iglesia de Santa Ana en la localidad cordobesa de Montilla y el Arcángel San Miguel de la Iglesia de San Vicente de la capital hispalense. Es aún un autor en formación donde aún prevalecen las formas granadinas de Alonso de Mena, así como los postulados de José de Arce y Juan Martínez Montañés.
De este período, debemos matizar el Santísimo Cristo del Descendimiento, de la Hermandad de la Quinta Angustia, en la Iglesia de la Magdalena de Sevilla. Fechada entre 1658 y 1659, se sabe de la ejecución del joven Roldán y su taller. Es importante esta imagen, no tan solo por su calidad artística y su gran valor devocional, sino también porque es el antecedente que se sigue en las posteriores obras maestras como es el famoso retablo del Hospital. La talla es de gran belleza, con gran escorzo, gran estudio anatómico, aumentando la tensión el hecho de estar sujeto por el sudario a la cruz.
Desde 1666 a 1675, se considera la etapa de esplendor del artista. Pedro Roldán gira sus formas a la monumentalidad, de tallas exageradas, vestiduras muy angulosas, todo ello dentro de la corriente barroca. De esta época es imposible hacer un breve resumen de todas las obras que aglutina, si cabe destacar el relieve para el Retablo de la Caridad para el Hospital del mismo nombre en Sevilla, convirtiéndose en su obra cumbre fruto de la colaboración con Bernardo Simón de Pineda y Juan de Valdés Leal.
La figura de San Fernando se encuentra enmarcada en esta etapa; fechado en 1671, goza de una gran aceptación debido a la originalidad de su tema, esculpido para las fiestas de su canonización.
Entre los años 1675 y 1684, se abre una nueva etapa en el artista sevillano, donde, obviaremos su extraordinaria labor como ensamblador de retablos, labor que realizaba con igualdad de éxito que con la imaginería. Esta etapa viene determinada por los continuos viajes que realiza el artista que provoca que realice obra por toda Andalucía.
Destacaremos Nuestro Padre Jesús Nazareno del Puerto de Santa María, en la provincia de Cádiz y el Santísimo Cristo de la Expiración de la Parroquia de Santiago de Écija en Sevilla.
El último periodo de producción y, quizás, el que más pérdidas ha sufrido es el que va de 1685 a 1699. Su estilo se mantiene intacto, dentro del realismo, alejándose de los grandes maestros de la primera mitad de siglo para pasar a composiciones tensas, con escorzos, rostros muy marcados, con narices rectas y pómulos salientes, así como el uso de melenas tratadas con el efecto del viento.
De esta última etapa pertenece Nuestro Padre Jesús Nazareno de la Cofradía de Nuestra Señora de la O en Triana. Donde no pierde los rasgos roldanianos acentuado con un patetismo en su rostro que lo llena de gran belleza. De madera policromada, de 1.80 metros de altura, con el cuerpo encorvado para acentuar el efecto de peso de la cruz, con nariz recta, boca entreabierta  y rostro sereno. Su cruz esta realizada de carey y plata americana.
Debemos nombrar el Santísimo Cristo atado a la Columna de la localidad tinerfeña de la Orotava por su belleza y originalidad, así como la influencia de éste en la misma composición de la talla del Cristo del Silencio de la Hermandad de la Amargura de Sevilla, fechado en 1697. Debido a la avanzada edad del maestro, se entiende que debió intervenir algunas gubias de su taller sobre la imagen.  Se muestra una representación Cristo con la cabeza ligeramente inclinada hacia su derecha, con las manos atadas esperando el momento de ser presentado a Herodes.

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