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El Siglo de Oro Sevillano, “Juan Martínez Montañés”

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La serie de grandes maestros de la escultura barroca sevillana en el Siglo XVII debe iniciarse sin lugar a dudas con el que, sus mismos compañeros de oficio denominaban, el Dios de la madera, es decir, Juan Martínez Montañés.
Nacido en la localidad jienense de Alcalá La Real en 1568, sus primeros pasos formativos los tuvo en el taller de su padre, Juan Martínez conocido con el sobrenombre de “Montañés”, bordador de oficio. Es probable que en la localidad alcalaína conociera al artista Pablo de Rojas, casi veinte años mayor que él, consolidado en Granada. Es por ello, que se justifique el viaje a la capital nazarí en 1579 para formar para del taller del artista citado
En la ciudad de la Alhambra, existía un exquisito ambiente humanístico y orientalizante al mismo tiempo,  pretérito y contemporáneo, que le marca en su estilo de un rigor clasicista, fantasía creativa, y de unas formas manieristas, influencia de artistas ya consagrados en la ciudad. Estos le instruyeron de un profundo conocimiento de su oficio, tenacidad en el estudio y una hondura espiritual de su imaginería.
Siguiendo los consejos de los artistas granadinos,  posiblemente en 1582, sabiendo que en la ciudad hispalense se encontraba la puerta para las Américas, Juan Martínez Montañés llega a Sevilla donde su importancia no fue tan solo como ejecutor de increíbles obras sino por la capacidad de crear una verdadera escuela con discípulos. En ese momento, se encuentra con una ciudad en la que se convergen tres culturas tan entrelazadas como enriquecidas  unas de otras como son la cristiana, musulmana y mudéjar.  Es por ello, que las dos ciudades son igual de influyentes en la obra del maestro, hasta el punto que no se puede entender a Montañés sin algunas de las doctrinas recibidas en su formación.
Su producción artística se divide entre la de maestro ensamblador de retablos y el de maestro escultor, lo que le permitía trazar arquitectura, diseño y elaboración de retablos a la misma vez que realizaba las imágenes para estos tramados. Suele utilizar un diseño de retablo de dos cuerpos, tres calles, con columnas sencillas, acanaladas y capiteles de estilo corintio. Consecuencia de esta actividad, hay que apuntar que la mayor parte de su producción imaginera fue destinada a los retablos.

En cuanto a la imaginería, que es en lo que vamos a centrarnos, debemos destacar, un estilo que arranca del clasicismo, manteniendo un equilibrio entre la materia y la forma, idea y representación, y al final de su exitosa carrera recibe aromas de barroquismo.   
Quizás, lo más interesante de su obra como imaginero fue que definió tipos iconográficos tales como los crucificados, Inmaculadas, Niños Jesús, San Juan Bautista, San Juan Evangelista, con un carácter universal que sirvió para consolidar el carácter evangelizador hacia los fieles, que a la misma vez se convierten en espectadores de lujo hacia estas representaciones.


De los crucificados, debemos destacar, la que, por muchos consideran su mejor talla, el Santísimo Cristo de la Clemencia de la Santa Iglesia Catedral de Sevilla, fechado ente 1603 y 1606. Influido por el granadino Pablo de Rojas, se trata de un crucificado de cuatro clavos, de acuerdo con las visiones de Santa Brígida e influenciado por el pintor y maestro Francisco Pacheco. Es por ello que nos encontramos con un crucificado con los mencionados cuatro clavos, con las piernas cruzadas, la cabeza caída, aún con vida, sin supedáneo o peana, con el fin de tensar el cuerpo y alargar el canon sin romper la simetría, siguiendo un planteamiento claramente manierista. La constitución anatómica es perfecta, sin excesos en la descripción muscular. El paño de pureza describe un óvalo, anudado en el lado derecho. Es un símbolo de perdón y misericordia hacia los fieles, un acercamiento o humanización de Dios hecho hombre. En esta misma línea, se contempla el Santísimo Cristo de los Desamparados, de 1617,  que se encuentra en la Iglesia del Santo Ángel de Sevilla, aunque la composición es de un Cristo de tres clavos, o el del retablo del Bautista de la Catedral de Lima en Perú Jesús Nazareno de la Pasión, imagen procesional que se encuentra en la Iglesia del Divino Salvador de Sevilla, se inspira en los textos de Fray Luis de Granada en la representación de Cristo Nazareno. Se trata de una imagen de vestir, pensada para salir de procesión. Aunque no hay documento ni contrato que verifique su autoría, cierto que el mercedario Fray Juan Guerrero confirma que «la imagen del Santo Cristo de la Pasión es obra de aquel insigne maestro Juan Martínez Montañés, asombro de los siglos presentes y admiración de los por venir…». Su cronología se puede ubicar entre los años 1610 y 1618. Cuenta la leyenda, que cada Jueves Santo, el propio autor iba a ver en procesión su propia talla, impresionado por de haberla realizado por él mismo. Se trata de una obra impregnada de un naturalismo y espiritualidad, acentuado con un perfecto acabado tanto en sus formas plásticas como en su policromía, que incrementa su verismo y cercanía al fiel.

La “Cieguecita”, virgen apocalíptica descrita por San Juan, que se encuentra en la Santa Iglesia Catedral de Sevilla, es una de las obras más personales del autor y de mejor factura, realizada en 1630. Su ejecución se lleva a cabo en medio de un clima de conflicto debido al debate sobre el dogma de la Inmaculada Concepción en Sevilla. Se trata de una talla mariana en actitud orante, con la cabeza inclinada ligeramente hacia la derecha y con la mirada baja, ensimismada. A sus pies, tres cabezas de angelotes, querubines sobre una media luna con las puntas hacia arriba. Su cabello suelto representa al símbolo de pureza de las doncellas. La técnica que se utiliza es la de madera policromada y estofado. Usa los pliegues del manto y un contraposto del cuerpo para crear una diagonal que rompa la simetría de la composición aunque no provoca tensión, preludio del barroco.
Debemos mencionar, por último, la representación del Niño Jesús, de tradición medieval, impulsado ahora por el Dios de la madera, destacando el que se encuentra en el Sagrario de la Santa Iglesia Catedral, con un contraposto rompiendo simetría, en actitud de bendecir, encarnando al Dios-Infante. Modelo de gran éxito que consiguió ser imitado por contemporáneos y sucedáneos.
Como conclusión, estamos ante uno de los grandes maestros de la historia del arte español, cuyo mérito no fue tan solo su obra artística sino que supo sentar las bases de una excelente escuela que marcó el desarrollo artístico del país y sus lazos con Latinoamérica.

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Escrito por Nacho Sánchez

Jartible Cofrade desde 1991 · Tecleando con más de 140 caracteres · Coordinador de ElCostal.org

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