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El Siglo de Oro Sevillano. Juan de Mesa y Velasco

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Uno de los casos más curiosos dentro del panorama artístico e imaginero sevillano es el de Juan de Mesa y Velasco sobre todo por el oscurantismo que ha velado sobre su existencia durante casi trescientos años. Los motivos pueden ser varios, entre ellos, el ser discípulo de Juan Martínez Montañés y atribuirse a su maestro es grueso de su obra. Del artista no existe una bibliografía que permitiera dirigirse para su estudio, no ha quedado ni un retrato, ni un escrito, ni biografía, ni cita bibliográfica que se le nombrara con relación o no con el mundo artístico.
Es por ello, que no deja de ser un auténtico enigma y podría ser un fantasma si no existiera su partida de bautismo.
Juan de Mesa y Velasco fue bautizado en la Parroquia cordobesa de San Pedro el 26 de Junio de 1583. Su vocación le viene dada por el arraigo artístico en su familia con tradición de pintores. En 1606 se traslada a Sevilla para formar parte del taller del consagrado y afamado Juan Martínez Montañés, tras firmar un contrato de cuatro años de aprendizaje.
En el taller de su maestro aprendió dibujo, modelado, talla, composición y cuanto se consideraba imprescindible para el oficio de ensamblador y escultor. De la misma manera que le ocurriera a Montañés, recibió una formación humanista y religiosa para complementar la forma y la técnica que necesitaba un imaginero sagrado. Si algo puede caracterizar a Juan de Mesa es que es el artista de las hermandades; se amolda a las necesidades iconográficas y estéticas que le planteaban, dedicando el grueso de su producción a la realización de imaginería procesional con un gran número de ellas en tan corta vida, ya que perece a los cuarenta y cuatro años No hay mejor definición  que la de  Don José Hernández Díaz cuando denominó a Juan de Mesa como el “Imaginero del Dolor” y es que, a diferencia de su maestro, donde mostraba una amabilidad y una imagen reflexiva, Juan de Mesa tiende al dolor, al movimiento y al sentimiento, adquirido por el estudio anatómico de vivos y muertos para luego plasmarlos en su obra, siendo su mayor aportación al arte sevillano un verismo teatral que aún se conserva en la Semana Gran sevillana. 

Es por tanto un estilo que, aunque no olvida los postulados contrarreformistas así como los estudios anatómicos de su maestro, exalta la pasión de Cristo como forma de evangelizar a través del dolor y el realismo, sin llegar a la exageración castellana,  junto con un juego de ángulos y pliegues, de movimientos conseguidos por sus ropajes, que dan lugar a luces y sombras, a tensión y dinamismo.
Su producción más importante y repetida es sin duda la de los Crucificados. Debemos destacar cuatro de ellos; El Santísimo Cristo del Amor, encargo recibido por la Hermandad del mismo nombre con sede en la Iglesia del Divino Salvador, y finalizada en 1620, es quizás la obra con mayor pathos, expresando una íntima emoción en la imagen representada así como también en el fiel que lo contempla, acentuando una expresividad que lo aleja de la imagen idealizada montañesina.
El Santísimo Cristo de la Conversión del Buen Ladrón realizado para la Cofradía de la Conversión del Buen Ladrón, más conocida como Montserrat, en Sevilla, fue encargada en 1619 y continúa con la expresividad ya iniciada con el modelo del Amor, pero introduce algunas novedades como son los juegos de claroscuros a través de los ángulos de sus paños de purezas De 1620 es una de sus grandes obras como es el Santísimo Cristo de la Buena Muerte, titular de una cofradía de sacerdotes con sede en la Casa Profesa de la Compañía de Jesús, iglesia de la Anunciación. Actualmente es titular de la Hermandad de los Estudiantes en Sevilla. La representación del Cristo se produce en el momento justo en el que perece, pero complementado con un tratamiento del rostro adornado de dulzura, serenidad, amabilidad, sin corona de espinas. El paño de purezas está tallado con dos moñas a cada lado, con retorcidos pliegues para poder jugar con la luz.
No quiero obviar, aunque no forme parte del patrimonio artístico-cultural sevillano, la obra que muchos han considerado como la más personal y, posiblemente, la más madura como es el Santísimo Cristo de la Agonía, de 1620, que se encuentra en San Pedro de Vergara, Guipúzcoa. El Laocoonte del arte hispano, como muchos han denominado, es un crucificado aún vivo y con corona de espinas tallada, con la cabeza girada a su derecha elevando su mirada, con un contraste expresivo cargado de misericordia y dulzura, con tensión en su complexión atlética. Representación de la vida y la muerte, de la Pasión, Muerte y Resurrección en un madero.

En 1620, aborda la que sería y es su imagen devocional más famosa y respetada como es el portentoso Señor Jesús del Gran Poder para la Hermandad del Gran Poder de Sevilla. Evolución del Señor de la Pasión de Juan Martínez Montañés, se trata de un Nazareno justo en el momento de dar una zancada decidida hacia el monte Calvario, con firmeza y decisión, y un encorvamiento de su espalda, con una cabeza poderosa con corona de espinas tallada en el mismo bloque, y un rostro que aparece envejecido, mortificado,  por todo lo soportado, con espinas atravesando su ceja y el lóbulo de la oreja para acentuar el dramatismo y el sobrecogimiento al fiel.
Casi como algo premonitorio, en el año de muerte, realiza para la ciudad que lo vio nacer, Córdoba, un grupo escultórico conocido como Virgen de las Angustias, ya en 1627, donde la Dolorosa sostiene a Cristo yacente sobre sus rodillas, convirtiéndose en obra cargada de dolor y teatralidad.

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Escrito por Nacho Sánchez

Jartible Cofrade desde 1991 · Tecleando con más de 140 caracteres · Coordinador de ElCostal.org

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