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El Sanedrín: Ella, que no era Macarena, por @altocapirote

Alto Capirote

Aún con el regusto amargo del café echó a andar por Le Quai de les Agustins. Se ajustó bien la bufanda. Compró un libro en uno de los puestos junto al Sena. Hacía tanto frío que le dolían las manos. La piel se le enrojecía con facilidad y se puso los guantes. Anduvo un rato en dirección Notre Dame. Necesitaba distraerse. A veces sentía la presión de una distancia que se estrechaba, por más que quisiera huir de la memoria de una ciudad de espadañas que apuntaban peligrosas a su propio cielo. En días como ése, 18 de diciembre, el tiempo se curvaba trayéndole tactos antiguos, y la distancia se resolvía en unos metros. Con los ojos cerrados, el recuerdo la lleva desde el puente de Saint Michel a la calle Feria.

Sus pasos se acortan, como cuando de la mano de su abuela paseaba por la Plaza de los Carros buscando en Montesión un Rosario al que aferrarse. Como las viejas historias, se saborean. Como los libros viejos, se huelen. Calle Infantes, calle Clavellinas. Alguna estampa antigua que hoy la espera en su escritorio, o en una caja, o en un móvil. Calle Inocentes. Un costalero que falta a su relevo. Que vuelve al palo cuando puede, cuando quiere. Quién sabe. Luz desmedida rebotando entre las estrechas sombras de callejones adoquinados, rejas con óxido y alguna maceta seca esperando que vuelva un dueño que nunca lo hará. La memoria y su camino más corto.

San Luis, y a la derecha por Duque Cornejo. Hay un azulejo. La casa, grande, tiene un frontispicio de moldurones en blanco sobre la fachada beige, con un zócalo pintado en marrón. Las líneas claras, sin artificios, parecen dejar todo el protagonismo al retablito. Lo cubre una cornisa oscura, con un farol central que a duras penas lo debe iluminar por la noche. Parece que Juan Manuel hubiera venido de la calle que lleva su nombre a vestir a la Virgen del azulejo. Toca antigua, manto camaronero, corona de camarín. No lleva el fajín. Nadie necesita la aclaración, pero cuenta que es “Nuestra Señora de la Esperanza Macarena”.

De su paseo de la memoria la sacó una vibración en el móvil. Se quitó un guante. Le había llegado una foto. Sonrió porque sabe que no hay dos casualidades. En la foto una basílica fría, mármol helado como las aguas del Sena, que su abuelo no pisaba, donde un nazareno orinaba cada Viernes Santo en la tumba de Queipo,… y la Virgen del azulejo.

Hay una vida entera que se adivina en la cara de la Esperanza. Empieza con esa Mujer que recibe un Niño en un portal con musgo seco y termina en la Magdalena, con los mismos brazos extendidos, esperando al mismo Hijo. Pero siempre las ultimas lágrimas se marchan. Y la sonrisa se presiente. El final feliz que la Macarena sabe, la Resurrección, lo anuncia hoy en su besamanos a una semana del Nacimiento. Toda un vida en sus ojos.

Antes de guardar el móvil, tecleó con los dedos ateridos de frío. Encontró un vuelo. Será esta misma tarde. Se hablarán, las dos que bien saben de esperanza. Ella, que no era macarena. Y la Macarena.

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Jartible Cofrade desde 1991 · Tecleando con más de 140 caracteres · Coordinador de ElCostal.org