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El Patio de los Gentiles. Sagrada y Viva

Francisco Jiménez Alcaide Seguir a @JimenezAlcaide

nazarenos de la sedComo ya estamos metido en harina, y la cuenta atrás no hay quien la pare, uno que tiene amigos y conocidos que por primera vez van a vivir la semana Santa, los ve como nerviosos, saben que algo va a ocurrir, pero no saben
exactamente qué, quizás hayan visto otras semanas santas, o conozcan otras ciudades, pero aquí llegan y te pregunta:

“¿y por que la de aquí es diferente?”

Quien se enfrente por primera vez a la Semana Santa de Sevilla ha de tener en cuenta que cuando se suma lo medieval, lo barroco, lo romántico, lo regionalista y lo actual elaborados a la vez por las clases populares e ilustradas, por ortodoxos y heterodoxos, por laicos y clérigos, por creyentes y agnósticos, por individualidades creadoras y colectivos anónimos, se produce el desconcertante pero enriquecedor y complejo fenómeno de que algo sea cierto a la vez que lo es su contrario.

No existe una única Semana Santa sevillana -aunque sí existen símbolos que la representan por entero: las imágenes y pasos del Gran Poder, Esperanza Macarena, Cachorro, Amargura, Valle, Pasión o Silencio-, y por tanto es imposible que una única definición dé razón de ella. Aunque es posible introducirse en su extraordinaria complejidad, y vivirla gozándola.

A lo peor, la mezcla de incienso y de humo de churros, de lágrimas y de bromas, de silencios y de risas, de calles oscuras por las que discurren severos cortejos negros a la luz de los cirios y de calles iluminadas con bares repletos de multitudes felices y ruidosas hacen pensar al visitante que una de las dos cosas es falsa: o la emoción y la severidad es fingimiento, o la alegría es transgresión. No es así. Esto no es Castilla. Y en los símbolos mayores de la Semana Santa -el severo Gran Poder y la exultante Macarena- están representados estos extremos sólo aparentemente irreconciliables. Ambos son formas distintas de sentir y expresar lo mismo: que la ternura y el sufrimiento de Dios (Gran Poder) han hecho posible la esperanza (Macarena) para todos los hombres.

Lo más grandioso de la Semana Santa de Sevilla, lo realmente sorprendente y singular, es su capacidad para expresar este contenido religioso visual y sensorialmente, de tal forma que todo aquel que participe en ella, o realmente sepa contemplarla con la disponibilidad emocional que toda comunicación estética exige, *sienta* en sí mismo -más que comprenda- el núcleo del misterio religioso (sin su restrictiva dimensión formal-clerical) que la Semana Santa celebra. A muchos desconcierta la sensorial sensualidad de esta fiesta. Explota en ella lo sagrado y nos llega a través de todos los sentidos: la vista, evidentemente, pero también el tacto, con la caricia del aire tibio y el roce de los ruanes, terciopelos, rasos y merinos de las túnicas de los nazarenos; el oído, con el murmullo o los aplausos de la multitud, las marchas procesionales, el tintineo de los palios de las vírgenes, el crujido de los pasos de los cristos, las voces de los capataces, las saetas, y el olfato, en flor de azahar todos los naranjos, rodeados de nubes de incienso los pasos, denso el aroma de las flores que los adornan, dulzón el peculiar olor tibio de las docenas de cirios que arden ante las vírgenes.

En la Semana Santa sevillana siempre ha sido muy importante la catarsis popular que identificaba -especialmente desde finales del siglo XIX- a los oprimidos con el bondadoso hijo del carpintero condenado por los poderes temporales (Pilatos y Herodes) y religiosos (Anás y Caifás). Las letras de las saetas lo han expresado con rotundidad, y el escritor Núñez Herrera llamó al Gran Poder ‘Dios fuerte y honrado de los trabajadores’, diciendo de él que ‘aún lleva este Cristo sobre sí las briznas de la carpintería de José y el dolor antiguo de los proletarios’. Esta dimensión no se ha perdido. Se puede ver en el emocionante ritual popular del besamanos del Gran Poder, que tiene lugar en su basílica de la plaza de San Lorenzo desde el Domingo de Ramos hasta el Martes Santo, o en la procesión del Cautivo, que desde el moderno barrio del Tiro Línea avanza hacia el centro como si sus nazarenos y las mujeres que van tras el paso acompañaran a un Jesús con
aire de joven revolucionario que aun preso se yergue desafiante frente a sus poderosos captores. Esta dimensión liberadora se mezcla con la antigua devoción a las imágenes y la vertebración simbólico-urbana de la ciudad obrada por las hermandades -como si fueran la *sevillanización *de los nuevos barrios crecidos desde los años sesenta o la resurrección de los antiguos perdidos por la especulación desarrollista- para hacer de la Semana Santa algo que parece imposible pueda existir a principios del siglo XXI. Por eso no se me ocurre ninguna respuesta mejor a la pregunta del principio (“¿y por que la de aquí es diferente?”)  pues porque es una fiesta sagrada y viva.

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Escrito por Nacho Sánchez

Jartible Cofrade desde 1991 · Tecleando con más de 140 caracteres · Coordinador de ElCostal.org

Besamanos a Nuestra Señora de la Soledad Coronada de Coria del Río

FOTOGRAFÍAS | Restauración de las imágenes secundarias de la Hdad. de los Panaderos