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El día que la Virgen me abrió la puerta

Sevilla es una ciudad muy singular. Muy celosa de sus cosas, su historia, sus tradiciones, sus gentes,… tan celosa que aunque no sea una ciudad grande, que al fin y a la postre nos conocemos todos, hay determinadas cuestiones que no están al alcance de la mayoría, pues se gusta de guardar sus cosas para sí y solo las muestra cuando y a quien quiere. No es fácil entenderla, ni tampoco descubrirla, pero el tiempo, la paciencia y la oportunidad abre las puertas del más hermoso de los tesoros que tiene que no es ni material ni obra de arte, es el sentimiento. Porque el sentimiento es el corazón mismo de la ciudad que caprichosamente se revela en un albedrío peculiar y aparentemente atemporal pero que en el fondo sabe muy bien cuando debe mostrarse para quedar enganchado al alma misma de la urbe.

Hace ya algún tiempo, más del que uno a veces se quiere dar cuenta, que nuestro protagonista llegó a la Veracruz. Fue un poco carambola de la vida, pues no había vinculo especial con la misma, pero  las circunstancias del momento le hacen entrar en contacto con la hermandad y cuando la conoces desde dentro sabes que tu sitio esta ahí. Pese a no ser la hermandad familiar, toda su familia quedó eternamente vinculada a ella, pues la Veracruz tiene también sus extraños modos de revelarse, y si te atrapa lo hace para siempre demostrando que la mejor “opción” que se puede tener es estar “En tu Cruz, Contigo”.

Pues sucedió que un buen día, este mozalbete enamorado de las cofradía que recién había terminado el servicio militar, empezó a descubrir el universo que las rodea y hace posible nuestra semana santa: fue conociendo a bordadores, orfebres, imagineros, músicos con quienes fue tomando conciencia de cada una de las artes y  saber valorar el trabajo que conlleva cada una de las obras que conforman el patrimonio de nuestras cofradías. Un día tuvo la oportunidad de conocer el taller de Antonio Illanes y plenamente ilusionado por la significación tan especial del lugar objeto de la visita, pues fue donde se talló la imagen de la Stma Virgen de las Tristezas a quien cada Lunes Santo prestaba sus pies para pasearla por la ciudad,  sin dudarlo un solo momento allí se presentó. Cuando se abrió la puerta de la casa toda aquella ilusión presentida quedó en segundo plano ante la figura de quien nos recibía: dándonos la bienvenida estaba Dª Isabel Salcedo, la viuda del imaginero quien había sido la modelo del artista para la Virgen de las Tristezas. Todo el entusiasmo inicial se convirtió en  emoción porque “la virgen” nos había abierto la puerta.

Desde aquel instante ya no importaba el lugar ni las herramientas del escultor, sus obras allí expuestas tanto profanas como sagradas, ni las fotos de familia, ni los reconocimientos recibidos de tantas cofradías, nada tenía importancia salvo la presencia de aquella mujer, guapa, cariñosa, sonriente, amable que con admiración demostrada nos enseñaba las cosas de su marido, pero que en la humanización más absoluta, quien en la capilla es la “llena de Tristeza”, en aquel momento era la dulzura personificada en aquella sonrisa que nunca olvidará el protagonista.

Pasaron los años y aquel joven de entonces peina ya abundantes canas, pero siempre en su mente el recuerdo de aquella visita. Muchas veces, en el transcurso de estos años, tuvo ocasión de referir con sus allegados aquella extraordinaria experiencia, pero al  cumplirse los 75 años de la hechura y bendición de la imagen de la Virgen de su hermandad se hace aún más presente el recuerdo de aquella mujer inseparablemente unido al de su marido por ser quienes nos regalaron las más dulces Tristezas que se conocen en la ciudad, y  quien estas líneas escribe siempre tendrá presente el día que la virgen le abrió la puerta.

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