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“Diez años, diez…”, por @Elena_Moreno

Ya noviembre se colaba por las rendijas y rincones con su apesadumbrada nostalgia. Los claroscuros de la tarde se teñían muy temprano en añiles sobre el Guadalquivir y, aunque había refrescado, la temperatura era muy agradable. Simplemente una pequeña brisa otoñal trasladaba el ambiente a una tarde primaveral. Aunque los ficus del Museo no se movían, se respiraba frescor y un aire románticamente festivo en las calles. Abundante público en las aceras esperando expectante el paso sobredorado de Nuestra Señora del Amparo de la Real Parroquia de la Magdalena. Y ella, por fin, iba a poder contemplarla en toda su magnificencia. La última vez que intentó postrarse ante Ella en las calles de Sevilla se lo impidió la tan temida y odiada lluvia. Ahora esperaba impaciente en la calle Bailén que asomara el haz de luz que desprendía La que un día tallara Roque Balduque para regocijo de toda la humanidad. Buscar su Amparo y encontrar Luz, la luz que cada día iluminaba el amanecer de su devoción más íntima.

Cada vez se escuchaba más cerca la banda de música que acompañaba al paso. El cortejo acababa de pasar y sus pies no encontraban la posición cómoda por culpa de la impaciencia. De pronto, un resplandor comenzó a vislumbrarse y, poco a poco, comenzó a dibujarse su imponente figura. Una sensación de sueño cumplido comenzó a recoger su cuerpo. Por fin… por fin, tras una década, podría contemplar la soberana figura de la que nos Ampara bajo su manto día tras día de nuestra vida… El paso se acercaba más y más y la visión celestial iba aumentando de plano hasta que La tuvo delante. Madre mía, Madre nuestra, concédenos tu bendición, Señora Nuestra del Amparo…

Y ahí no terminarían los rezos, porque tras haber contemplado por primera vez la excelsa imagen de la Señora en las calles de Sevilla, volvería a sentir la inmediata ilusión de un nuevo encuentro en tan sólo minutos.

Encaminó sus pasos hacia la Plaza de San Lorenzo. En otras ocasiones, acercarse hasta allí significaba entregarse a los pies Del que Todo lo Puede. Pero esta vez, el motivo de la visita era otro. Decían que hacía 25 años que la Madre no se reencontraba con Él y hoy, ella iba a ver ese encuentro tan especial. La Reina de Todos los Santos avanzaba despacio en su imponente paso. No quedaban apenas unos metros cuando las campanas de la Basílica repicaron de alegría. “¡Ya está aquí la Madre! ¡Y ha vuelto para ver a su Hijo!” Y una sonrisa se dibujó en su cara. Otro escalofrío de sueño cumplido volvió a recorrer su cuerpo. Diez años, diez… contados uno a uno con los dedos de las manos y, esa tarde al fin, pudo contemplar la maravillosa visión de la Señora del Omnium Sactorum realzada en su maravillosa peana.

Por fin ella cerraba un ciclo, una década en la que las obligaciones le habían impedido disfrutar de la Madre tallada por Roque Balduque en sus dos advocaciones: Amparo y Todos los Santos. Dos imágenes tan fabulosas que cada vez que había ido a visitarlas a sus parroquias una sensación de atracción había invadido su cuerpo. La misma sensación que le invadía al ponerse delante del retablo de la Concatedral que un día dejara en Cáceres el mismo autor… pero eso, eso ya es otra historia que algún día, en sus numerosos viajes, os contaré…

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