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Cuando al Espíritu Santo le llamamos Rocío

Escrito por Juan José Caravaca Silva

Mateo nos cuenta en su Evangelio como antes de subir al cielo, Jesús nos hace la gran promesa que siempre estará con nosotros “hasta el final de éste mundo” y cumpliendo esa promesa  nos envía el Espíritu Santo que es la forma como se nos manifiesta Dios desde la resurrección de Jesús, pues así como en al Antiguo Testamento es el Padre quien se manifiesta a Abraham, Noé, Moisés, los profetas, y el propio Jesús Hijo del Padre quien acampa entre nosotros en el tiempo del Nuevo Testamento, a partir de Pentecostés no da su Espíritu para que siempre le sintamos cerca de nosotros.

Aquí tenemos nuestra particular manera de sentir la presencia de Jesús a través de las Imágenes que le representan y a las que rendimos culto en nuestras hermandades, que aunque sabemos que solo son una mera representación vemos en ellas al Hijo del Padre y es justo, a través de ellas por donde canalizamos nuestro amor hacia Él. Pero de entre todas hay una con túnica morada por la que especialmente el pueblo siente cercana la presencia de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, entre nosotros y cada viernes acude a visitarle depositando todos sus anhelos, ilusiones, peticiones y gracias a través de un beso en su talón.

Pero, fiel al espíritu que nos caracteriza en nuestra bendita tierra, tenemos la habilidad de darle la vuelta a todas las celebraciones del Señor convirtiéndolas en celebraciones de la Madre, y como no podía ser de otra manera la celebración de Pentecostés, donde conmemoramos la venida del Espíritu Santo que recibimos como ese Rocío venido del cielo y que personalizamos en la Virgen María, la Reina de las Marismas, que en su ermita almonteña nos espera todo el año a que vayamos  a decirle simplemente que le queremos sin poder contener las lágrimas que, de gozo, salen del alma ante su mirada.

Y sí,  lloramos ante su mirada, porque no es solo el sentimiento que nos produce estar ante la imagen de la Madre de Jesús, sino que en ella sentimos indisolublemente unida la presencia de Dios mismo en su Santo Espíritu y por ello cada año en la fiesta final de la Pascua peregrinamos hasta su ermita – la Jerusalén de las marismas – junto a nuestros hermanos acompañando al Simpecado de nuestra hermandad a través de olivos, pinos, arenas, ríos… maravillas de Dios en nuestra Andalucía, y bajo ese cielo azul purísima del mes de mayo que una vez más proclama que fuiste concebida sin pecado original.. ¡Qué bien hizo Dios el camino que nos lleva hasta la ermita!, y celebrar en tu nombre la eterna presencia de Dios entre los hombres.

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Escrito por David Jiménez

Community manager y fotógrafo profesional

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