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Belleza Perfecta

Foto: Diego Sánchez
Foto: Diego Sánchez

“En verdad, esto es obra de Dios y no mía”.

 

La perfección de la madera para el perfecto ser humano. Enmudecida el alma de la Ciudad, se desborda la labor de los sentidos ante tanta magnitud. El ser más puro se vislumbra en un resquicio de la noche, entre la plata y el dolor. Es el momento perfecto, el instante infinito, el susurro austero de una Sevilla doliente. Paso a paso, la oscuridad se besa con el frío de la plaza. Y ahí, Él.

 

Perfecto en cada trazo, en cada forma, en cada gesto. Música en silencio, la perfecta a lo perfecto. Murmullos internos del cuerpo invaden el alma de la Ciudad como quien no quiere la cosa. Sabes bien lo que se siente y, sin embargo, te invade la sorpresa. Imposible despegar la vista de su cara, el imán de su abatida mirada te secuestra eternamente sin permiso alguno pedirte. ¿Cómo se llama ese hechizo?

Naranjo de primavera, padre del divino azahar; aroma de una semana, hija de una Ciudad. Incienso para ensamblar el fiel perfume de un tiempo sin principio ni final. Todo junto, más el frío y la humedad, todo hecho puzzle inmortal, todo unido al leve racheo del trabajo del costal. Nunca unos besos fueron tan puros, como los que se dan cada Jueves Santo las suelas de los costaleros con los tormentosos adoquines de la ciudad.

 

Fugitivo el tiempo, seca el espacio la urbe anonadada. Una nube de plata envuelve el ingrediente secreto de esta preciada receta. Tres golpes de martillo y a pulso se eleva Sevilla, entre el puro deseo de una cruz por abrazarse a la imagen, entre la muerte incansable de un devenir anunciado, entre el dolor infinito de un Dios de amor condenado.

 

Empapa el aire su tenue paño de lágrimas en un sin fin absoluto de sentimientos. Manos de afecto encerradas, pies de sublime museo, gesto caído en tortura, Dios enclavado en el tiempo. Un tiempo invisible y sin conclusión, un tiempo hecho saeta, lágrima y tempestad. Un hechizo de madera, el hechizo de la humanidad, un compendio de maneras que al Cielo te hacen llegar.

 

Se me desvela el corazón

al ver tu nombre pasar

entre mi mente aturdida,

entre mis ojos, Verdad.

Verdad de Dios en el mundo,

fiel mensaje de humildad.

Verdad de un ser moribundo,

Rey supremo hecho bondad.

Y si un alma me pregunta,

bien hermosa austeridad,

el secreto de sus pasos

y el de su afable eternidad,

yo le diré que lo busque,

sin prisa ni temeridad.

Que lo haga siempre con fe,

que lo haga con convicción,

que lo haga siempre de frente

y que lo haga con decisión.

Pues allí encontrará la realeza,

sublime y sin discusión,

de un Dios de fuerza y pureza

ahincando su vida en el aire,

dejándose el corazón,

haciendo del tiempo un milagro,

haciendo entereza al amor.

 

Lo tiene Sevilla en su ser:

motivo absoluto para creer,

madera hecha de corazón,

grandiosidad de los siglos.

Belleza inmortal de Pasión.

 

 

 

José Antonio Montero Fernández.

 

 Al Señor de Pasión.

A Rasero.

Al arte.

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