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“A mí el Rocío no me gusta” por @altocapirote

virgen del rocíoLa cantidad de gente que dice “a mí el Rocío no me gusta”, sin haber ido, debe ser similar a la que afirma no gustarle los insectos fritos sin haberlos probado. Confieso que la cascarilla, la del Rocío, no de los grillos salteados, repele. Durante la romería aquello no deja de ser un parque temático donde nos tiramos de cabeza al pasado. Otra forma de vestir. Volver a vivir en comunidad, con lo molesto que es. O abandonar el coche para entregarnos a la tracción animal (propia, equina o bovina). Todos queremos ser Amish por una semana. Te ayuda a despegarte de lo cotidiano, o eso creemos.

Otros te espetan: “allí la gente sólo va a divertirse”. ¡Vaya! Podríamos contar cuántas veces habla Jesús de Alegría y Amor Fraterno, y contraponer las que menciona que hay que vivir triste y alejado de los tuyos. A esto suelen sumar, curiosamente, el argumento religioso. ¡Datos, datos!. En las dos semanas previas a la salida de la Virgen la Hermandad Matriz de Almonte habrá celebrado: una Novena, una Función Principal de Instituto, tres rosarios, un Pontifical y otras dos misas (romeros y tamborileros). Si cogemos las filiales (114), dejando a un lado a agrupaciones y no filiales (algo menos de cincuenta) los números son de vértigo. A dos días de camino de media me salen: 228 rosarios y otros tantos rezos del ángelus y misas (de romero y camino). Hombre, ¿no está mal, no? ¡Dios debe escuchar un auténtico vocerío durante estos días!

¿Pero por qué es la Virgen del Rocío, con permiso de Asenjo, Guadalupe y la Macarena, la gran devoción Mariana (de nuestro tiempo)? La aldea sin la Virgen es un infame arenal, y no se concibe la devoción rociera fuera del entorno de marismas y pinares. Imagen y un lugar privilegiado. Pero ¿qué hay allí? Es una tierra rica, pero peligrosa, dura, donde el viajero siente la necesidad de invocar protección, de encontrarse con Dios o su Madre. Tartesos, fenicios y cartagineses colonizaron la baja Andalucía. Astarté, diosa fenicia, se representa de pie o sentada, con su hijo Melkar en los brazos. Su equivalente cartaginés, Tanit, una figura triangular, coronada de una media luna. Hera, Demeter, Afrodita o Artemisa. Y muchas bebiendo de la egipcia Isis que cuida de su hijo Horus en su regazo. La madre protectora. La Virgen del Rocío es nuestra DIOSA.

Desde el principio de los tiempos hemos amado y necesitado de su intercesión. Este sincretismo a veces ha sido provocado por las autoridades religiosas. Pero ¡ojo! funciona porque toca teclas que están en nuestro inconsciente colectivo. El resto lo hace el lugar y otros elementos. El camino, peregrinación multitudinaria con proceso iniciático y bautismo incluído. El Santo Rosario como mantra transformador. La espera de la procesión, en estado febril, sumido en los celos por tocarla. Los católicos no hemos inventado nada. Nuestras vírgenes de gloria salen en mayo y octubre como hace años nuestros antepasados invocaban a sus madres protectoras para pedir o agradecer una buena cosecha del trigo y la vid. La devoción rociera tiene una carga simbólica y litúrgica tan brutal que haría enmudecer a muchos cofrades de pro.

El Rocío saca de nosotros recuerdos antiguos, pulsiones animales y toca lo más profundo de nuestro ser religioso. Es encontrarse con nuestra Diosa Madre y adorarla en medio de alegría y fecundidad. Saquémosla de su ermita y dejemos que nos vivifique en unión con la naturaleza y llenándose del Espíritu Santo.

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Escrito por David Jiménez

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