El Tiempo sin tiempo

Soñada Cuaresma

Quise soñarte en la noche, como la noche te soñaba; quise vestirte de sol, como el sol te recelaba. Tanto quise imaginarte, tanto quise sentirte que cuando delante te tengo no sé bien como escribirte.

Quise mil veces tocarte y hacer luz de las tinieblas del tiempo, quise olerte entre inciensos convertidos en perfumes abanderados de tu causa. Por querer, quise pintarte una cara que convirtiera el gris de las cenizas en el azul de ese Domingo. Se me escapa de las manos el tiempo para adorarte, como se me escapa el agua entre los dedos, como se me esconde el aire, como se me va la vida en tus ramas.

Quise hallar tu realidad, en el sentir de una plaza, en el deseo de un pueblo, en un ruán penitente que en cada paso me acompaña. Quise enmarcarte en un cuadro, o en una viva espadaña, en una nota musical o en un costal y en una faja. Tanto te quise abrazar, tiempo sin tiempo bendito, que cuando me quise dar cuenta ya te me habías llevado el alma. Sin mi permiso, una vez más, me encandilaste de nuevo para de nuevo dejarme.

Quise florecer contigo en un naranjo de alguna plaza, de San Lorenzo o del Salvador, de Santa Marta o de la Alianza. Azahar, dulce azahar que endulza la espera que nunca espera, ruidosa sirena y estruendo mágico del corazón de esta locura… Azahar, dulce azahar, ¡cuántas noches me cambió el semblante con tu aroma!

Quise cogerte la mano, como la mano coge la ilusión de un capirote. Quise coserte la vida, como la vida ansía el calor de una túnica. Impresionarme con tus altares quise, o quedarme mudo en tus mil vía crucis. Tanto te necesitaba, vieja amiga, que la vida se me pegó al alma con tu nombre. Mar inmenso de sentimientos ocultos, de codiciados momentos, de luces vivas y eternas.

Quise impaciente esperarte y en cambio tú ya me esperabas. Y sin saber qué decirte o cómo acabar mi canto, y sin saber cómo hacer para frenar tu bordado carruaje de siglos de idas y venidas, te escapas de la vista, te me escondes en el alma. Te me vas, otra vez, entre los resquicios que el tiempo deja abierto a la historia. Otra vez te vas y yo, desesperado por encontrarte, no sé más que apoyarme en un camarín eterno para volver a esperarte.

Pasa el tiempo y ahí estás, como siempre lo has estado, con tu realeza sublime, con tu profunda verdad, curando mil corazones, creando la humanidad. Pasa el tiempo, la vida, las primaveras, los sentimientos… Y tú, con tu Cristo de la mano, siempre ganas, siempre. Solo me queda soñarte y, quizás con algo de suerte, hasta te haces realidad en los cuarenta días más hermosos del año.

Como el instinto del niño,

como la espera del azahar,

como te siente mi pueblo,

como una ola en el mar.

Como el amor del Gran Poder

cuando al destino cargaba,

quise soñarte en la noche,

como la noche te soñaba.

José Antonio Montero Fernández.

A Sevilla, a su Semana Santa.

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